Un pequeño rey

 

Especial de Terror - Interiores

 

Un_pequeno_rey-2

 

Por Iván Farías

Ilustración por Augusto Mora

 

El hombre llegó al puesto de control en la caseta. Después de mucho tiempo de estar en la larga fila que se había hecho en la autopista quería saber qué era lo que pasaba. Tenía calor. Ya se había quitado el saco, aflojado un poco la corbata y encendido el aire acondicionado a todo lo que daba; pero la desesperación ya era insoportable. En todo el tramo que fue subir desde Puebla hasta Río Frío había tenido señal de celular y tiempo suficiente para llegar a la reunión, pero de improviso había comenzado a hacerse un tráfico infernal hasta que tuvieron que detenerse.

En un momento dado dejó el auto estacionado, se subió a la azotea de un negocio de carretera con la intención de lograr tener señal para poder avisar que llegaría tarde al Senado. Pero nada, ni una línea de conexión llegó. Estiraba el brazo lo más alto que podía y giraba sobre su propio eje tratando de encontrar un lugar ideal para que pudiera conectarse. “Puto celular”, dijo y su impulso iba a ser arrojarlo al suelo cuando recordó que se lo había regalado su mujer. Lo guardó en la bolsa del pantalón, bajo con cuidado de la azotea y volvió al auto no sin antes comprar unas papas fritas y un refresco. No tenía hambre pero el nerviosismo lo hacía comer.

Los soldados en el puesto de control le pidieron su credencial de elector. El hombre sacó su cartera y la mostró sin soltárselas. Uno de los militares, un hombre moreno, muy delgado y de baja estatura estaba a la distancia del auto con la M-16 en ristre, preparado para cualquier cosa. El otro militar tomó la cartera con fuerza, se la quitó de las manos y luego sacó su credencial de elector.

–Lo sentimos señor, no puede ingresar a la Ciudad de México, va a tener que regresar a su lugar de residencia y esperar noticias.

–Eso no puede ser- dijo el hombre con el rostro de indignación a punto de estallarle. -Tenía que estar en el Senado hace cuatro horas y ahora me dicen que no puedo entrar. Yo vivo ahí, y señaló a lo lejos el camino que daba hacía la Ciudad de México.

–Lo sentimos- dijo el soldado, entregando la credencial de elector. –Tenemos órdenes de no dejar entrar a nadie que no sea residente del área metropolitana. Usted tiene registro de que vive en Puebla.

–Vivía ahí- dijo el hombre saliendo del auto ante la mirada nerviosa del militar que de inmediato se llevó la mano a la pistola de cargo. –Vivía ahí, pero desde hace dos años trabajo y vivo en la ciudad. Soy el asesor jurídico del senador Horacio Mendiola. Ustedes están coartando mis garantías individuales.

–Son órdenes. Vuelva a su auto, puede dar vuelta y regresar a su lugar de residencia. No entorpezca el tránsito de los demás.

Para ese momento una larga fila de autos que estaban detrás enloquecía con sus bocinas. El hombre subió a su vehículo, lo arrancó y se orilló. Luego tomó de la guantera su nombramiento y la placa de bronce que les daban para poder ingresar al estacionamiento del edifico del Senado. Se acomodó la camisa, la corbata y trató de que se viera lo más ejecutivo que pudiera. Si el sol no estuviera tan fuerte se hubiera puesto el saco para mostrar el pin con banderita que decía: XLIII Legislatura.

Se acercó con cuidado a los militares mientras despachaban otro auto. El moreno delgado levantó en ristre su M-16 y apuntó hacía el hombre. Este levantó las manos y mostró sus identificaciones.

–Sólo quiero hablar con un superior. Sólo eso- dijo nervioso, no sabiendo por qué aquellos hombres estaban tan dispuestos a disparar ante lo que era a todas luces un blanco totalmente indemne.

Los soldados se vieron entre ellos sin mostrar ningún tipo de emoción.

–El senador Horacio Mendiola es el encargado de la Comisión de la Defensa Nacional. Se llevaba muy bien con el secretario de Marina y es compadre del secretario Galván. No creo que le parezca gracioso que por no entendernos no pudiera llegar hoy con el dictamen de una resolución que le urgía.

El soldado le hizo a su compañero una seña con la mano para que bajara el arma. Luego se acercó al hombre:

-Mi superior es el teniente Jorge González Rojas. Está en el “nido”. Deje le informo que está usted aquí. Présteme su identificación.

El soldado estiró la mano y el hombre le entregó la placa de bronce en donde relucía una bandera de México, las letras brillantes de la LXIII legislatura y el nombre del portador.

Al poco rato salió el soldado sin la placa y le indicó que podía pasar. El “nido” era un conjunto de costales pintados de verde, rellenos de arena que servían de seguridad para una ametralladora empotrada al piso por medio de un tripie. Detrás del arma estaba un pequeño escritorio con un par de laptops y un aparato de radio comunicación. El teniente era un hombre rechoncho, de cara afable y mirada huidiza.

–Pase, pase. Casi nunca recibimos visitas de gente importante en esta autopista. Siempre automovilistas furiosos porque tuvieron que tomar por la carretera libre, y algunos idiotas que piensan poder transportar droga de Veracruz a la ciudad, pero nadie interesante como usted. Así que es amigo del secretario de Defensa, del general Galván.

–No, de ninguna manera- contestó el hombre enrojecido de vergüenza. -Yo nunca diría algo así. Su subalterno debió haberse equivocado. Trabajo para el senador Mendiola, Horacio Mendiola. Él es el que tiene muchas amistades con altos mandos del ejército.

–Muy bien, ya nos vamos entendiendo. Entonces, para qué necesitaba hablar conmigo.

El hombre volteó a ver a sus espaldas. Las filas de autos se extendían por kilómetros. El sol calentaba el asfalto y esto hacía que el calor subiera; no obstante, el mismo astro rey seguía inclemente desde arriba. Atacaban por los dos frentes. Ahí estaba fresco. Luego volteó a ver la pista que seguía hacia la Ciudad de México y se hallaba casi vacía. Muy poca gente no era obligada a regresar.

–Trabajo en el Senado y hoy por la mañana hubo una junta extraordinaria. Yo llevo la encomienda de entregarle al senador un dictamen de suma importancia, razón por la cual necesito entrar a la ciudad.

–En otras circunstancias sería lo conducente dejarlo pasar, pero usted es persona que maneja información confidencial y me parece que no está al tanto de lo que sucede actualmente. Todavía no se hace público pero gente como usted ya debería saberlo. Estamos aislando las ciudades. Nadie entra nadie sale. Si usted quiere entrar es muy su gusto, le doy un salvo conducto y se termina todo este brete. Pero no podrá salir hasta nuevo aviso. Si su familia sigue en Puebla no la podrá ver. Eso es seguro.

–¿Qué está pasando?

–Pensé que el secretario Galván le había dicho.

El hombre se quedó serio. Ahí, ese pequeño pedazo de tierra, esa caseta, ese lugar delimitado por líneas amarillas en el asfalto y los bultos de arena era su reino y él había venido a querer minarle ese poder. Tendría que ceder, a pesar de que su ego le estuviera gritando que aquel soldado, con todo y sus botas impecablemente boleadas, sus insignias en el pecho y en los brazos, no era más que un pinche naco que había tenido la suerte de enlistarse. Él por el contrario había estudiado en la mejor universidad de Puebla, había obtenido excelentes calificaciones e incluso había hecho un posgrado en Dinamarca. Hablaba cuatro idiomas y tenía los ojos verdes. Pero en ese momento el teniente tenía todo el poder y él no era más que un suplicante.

–No tengo idea de lo que pasa.

–Seguro sabe del virus.

–¿La epidemia de gripa?

–Esa es la versión oficial. No, la gripa que mata gente y la regresa. La muerte es igualitaria. La gente se muere y al otro día los ves levantarse sin problemas. ¿Y sabe que quieren? –dijo el militar levantándose de su asiento viendo a los ojos verdes de sus interlocutor. –Quieren tragarte. Los invade una lujuria asesina por devorar tu cuerpo. No creas que por mucho tiempo. Les gustan las vísceras tibias, apenas se enfrían abandonan tu cuerpo y van a buscar nuevos.

–Eso no es cierto.

–Tan es cierto que recibimos las órdenes de aislar las ciudades. Las garantías de tránsito se reducen, hoy todavía no es oficial pero mañana darán la resolución. ¿No lo sabía? ¿No son ustedes, allá en el Congreso, los que toman esas decisiones?

–No, lo hace unilateralmente el presidente.

–Pues ahora vale madres eso. Ya está la chingadera en pleno: los muertos se están levantando, como lo dijo la Biblia.

–Eso no puede ser- dijo el hombre con total convicción. Su educación le decía que eso no podía ser. No había ningún virus que pudiera hacer eso.

–¿Quiere verlos? –dijo el militar con una mirada perversa. El rostro afable había desaparecido. –Acá llegan un chingo. Los encerramos atrás. Tenemos unos diez. Luego vienen por ellos los médicos. Hasta asesores gringos y alemanes llegan. Fuimos pioneros, mi senador. Según esto, acá descubrieron el virus.

–No soy senador- dijo fríamente. -El Senador es el licenciado Mendiola.

–Vamos a hacer una cosa- dijo el militar. –Puedo dejar que siga su camino “extraoficialmente” –frase que acentuó con sus manos haciendo comillas- a cambio de que vea los pobres diablos esos de atrás. Si los ve, tal vez quiera regresar a casa y cuidar a su familia y dejar por la paz esas pendejadas de sentirse muy importante.

El hombre vio con asco al militar. Le molestaban sus modales, su cara, su cabello negro lacio, el sentirse atado a su autoridad cuando él siempre había sido quién mandaba. Y si alguien era su jefe era un tipo con más estudios que él, no un prieto sin modales. Pero ahí, en ese reino, el militar era quién mandaba.

–Vamos. ¿Hay un hospital por aquí cerca?

El teniente soltó una risa estruendosa que fue totalmente insultante para el hombre.

–A que güerito tan pendejo. Cómo va a haber hospital. No entiende que esto nos agarró en calzones. Ni los gringos saben qué pasa. Ahí andan los pinches médicos sacando muestras y amarrando a los pobres diablos esos. Pero venga, le voy a enseñar.

El militar tomó unas llaves de la mesa y comenzó a caminar con paso firme hacia un grupo de locales abandonados que estaban a unos cien metros. El hombre no tuvo más alternativa que seguirlo. En otro momento se hubiera dado cuenta de que el paisaje era hermoso: las montañas estaban reverdecidas, el cielo era azul y los pastizales habían dejado su color amarillo muerte para llenarse de flores. Lo único que lo afeaba era precisamente esos locales llenos de grafiti y ladrillos caídos.

Mientras se acercaba, los gruñidos y los gritos que salían de ellos se hicieron audibles. Eran quejidos de una garganta inhumana. “Carne”, parecían decir. El hombre comenzó a dudar. Prefirió regresar sobre su camino y no ver lo que escondían. Quiso regresar con su esposa y darle la sorpresa que estaría el fin de semana con ellos. No le importaba lo que le dijera el senador, tenía una justificación bastante importante. Pero ya era tarde. Tenía curiosidad de ver qué había ahí adentro. Tenía dentro el veneno de saber.

El militar lo espero en la puerta luego de quitar una enorme cadena y un candado negro y muy pesado.

–Acá están- declaró el teniente con una sonrisa socarrona.

Cuando el hombre entró no pudo distinguir nada. La luz de afuera era muy potente y dentro la oscuridad reinaba. El olor a encerrado y putrefacción era muy fuerte.

–Huele a perro muerto- dijo con desgano, aguantándose el asco.

Poco a poco sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y entonces pudo ver lo que había dentro. En seis jaulas como de animales de circo, donde apenas cabía un ser humano agachado, estaban varias personas ensangrentadas y con la ropa raída y rota. Una mujer con el cabello apelmazado y los ojos extrañamente salidos tenía un vomito sanguinolento sobre su blusa. Otro estaba vestido con ropa deportiva. En la pierna tenía clavado algo que parecía ser un pedal y en el estómago, de un gran hoyo cerca del ombligo, salía algo que parecía ser una tripa. Un anciano con una tremenda herida en el cráneo tenía el rostro pegado a las rejas. Había un niño, una señora y un par de hombres comunes y corrientes todos con los dientes llenos de sangre o con heridas mortales muy visibles. Todos en cuanto lo vieron comenzaron a gruñir y a estirar sus manos como chimpancés en zoológico.

–Estas personas están enfermas, ¿por qué las tiene así? Necesitan un doctor–dijo queriendo sonar indignado para esconder su miedo.

–A que güerito. Si porque están enfermas, están ahí. Usted no ha visto cómo se ponen de locos. Es como todos esos pendejos pacifistas que ven gente muriéndose y lloran porque un pinche gatito está abandonado en una azotea. Esos cabrones están ahí porque ya no son personas. Si los suelto se lo tragan enterito. Como esos hay un chingo allá afuera. Por eso no puede pasar. Hasta que no sepamos que sucede se acabaron los pinches viajecitos.

El hombre se pegó a la pared y pensó en las posibilidades de salir de ahí. El militar estaba en la puerta y no encontraba otra salida. Así que lo mejor era hacerle caso al tipo. Pero su orgullo se lo impedía. No les gustaba estar bajo el poder de un imbécil naco como ese.

–Pues me regreso, pero de esto se enterarán sus superiores.

–No me venga con pendejadas güerito. De esto sabe hasta el mismísimo presidente. Así que ya los vio, ya sabe a qué se atiene. A chingar su madre de aquí.

–A mí no me habla así- ladró furioso –pinche prieto pendejo.

–Sí güerito, seguro mi papá le lavaba el coche a su papá pero cuando la muerte está cerca todos somos iguales. Esta madre no se va detener. Ni los pinches gringos y todos sus putos doctores y marines y helicópteros saben más que lo que todos sabemos: Esos cabrones no se mueren… –El militar sacó su arma de cargo y soltó dos certeros balazos en el pecho del anciano, que al recibirlo apenas si se inmutó. El viejo seguía alargando sus dedos garrudos hacia la carne fresca– …más que con un puto disparo en la cabeza.

Y del dicho al hecho: de un balazo en medio de las cejas derribó al anciano, quien cayó en el piso de su celda.

El hombre se quedó sin habla. El sonido de la pistola lo había dejado sordo. El estruendo había rebotado en las paredes del sitio y estaba aturdido.

–Además, usted está en desacato. Las pinches garantías individuales valieron verga. Miré, así de sencillo güerito cabrón, yo tengo la pistola y usted sus pinches ojos verdes.

Entonces le dio un par de disparos, uno en el muslo derecho y el otro en la espinilla izquierda. El hombre se retorció en el piso porque nunca había sentido un dolor así. Un calor que atravesaba su carne y rompía sus huesos. Extrañó sus visitas a Angelópolis donde todo estaba iluminado y con su sola tarjeta podía pasarla bien. Ahí todo dolía y era oscuro. Los cadáveres de las jaulas se revolvieron tratando de llegar a él.

–Pendejos no son. Saben cuando hay sangre fresca.

Entonces sacó una llave y quitó el candado de una jaula. Uno de los cadáveres pasó cerca del militar sin siquiera reparar en él, su mirada esta fija en el herido.

–Quítemelo.

–Lo saqué para que se lo lleve al doctor de regreso a casa. Capaz que hasta se encuentra con un gatito y lo adopta.

El cadáver se lanzo directo hacia el cuello del hombre mientras este trataba de quitárselo de encima. Sus piernas no le respondían así que solo tenía sus brazos. El rostro abotagado y apestoso a muerte del infectado estaba pocos centímetros de su cara.

–Nos vemos– se despidió el militar cerrando con tranquilidad. Vio hacia el cielo. El sol seguía calentando con fuerza. El día era hermoso. Se sintió bien. Nunca había experimentado esa sensación de poder. Vio su Beretta y luego la guardó en su pistolera. Se fue hacía “el nido” silbando una canción mientras de los locales abandonados salían gritos de ayuda.

(Fragmento de la novela Zombie, aún inédita)

 

> Iván Farías (Ciudad de México, 1976) es narrador y crítico de cine. Ha publicado dos volúmenes de cuentos y dos de ensayo, además de una novela corta. Cuentos suyos han aparecido en «El cuerpo remendado», «Lados B», «Bella y Brutal Urbe» y «Si está muerto, sonría», entre otras antologías. Ha publicado cuentos y artículos en diferentes revistas y periódicos de circulación nacional en México como Reforma, La Jornada, Complot, Replicante, Gótica, Generación, Pez Banana y Playboy, además de múltiples revistas underground en todo el país. Actualmente es crítico de cine para Playboy.com.mx. Ha escrito el guión para dos cortos filmados. Twitter: @ivanfariasc 
>Augusto Mora (Ciudad de México, 1984) es ilustrador y cartonista. Sus cómics han aparecido en revistas como Nick, Kids, Big bang, Vagón literario, Mad México y el Chamuco. También sus dibujos han estado presentes en diarios como Milenio, La Fuerza, El Universal en el suplemento El Planeta y en el Occidental de Guadalajara. Como ilustrador ha trabajado para las revistas Max, El Inversionista, Día siete, Istmo, Tareas e ilustraciones, Nick, Big Bang, el Libro Verde de fundación Televisa, Nexos. En 2010 ganó el primer lugar en el Concurso Nacional de Novela Gráfica convocado por editorial Jus con su obra “El Maizo, la maldición del Vástago”. Tiene otros libros de historieta publicados: “Cosas del Infierno” (autopublicación), “Muerte querida” (Editorial Caligrama) y “Tiempos Muertos” (Editorial Resistencia). Su página: webcomic.muertequerida.com/. Twitter: @augustomora 

 

Autor: administrador

Comparte esta publicación en

Envía comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.