Querubines en el infierno

Prólogo

Salerno, Italia. Septiembre de 1943

Por F.G. Haghenbeck*

 

No quiero morir hoy. No hoy ni mañana. ¡Chale, ese! Nel wachearme con el hocico en la arena desangrándome, mala leche. Estoy lejos de mi casa, de la home. Plis, virgencita morena, que no me descuente un nazi, rogaba en murmullo el joven soldado de tez cobriza. El muchacho se aferraba a su rifle de modo que fuera el último indicio de su cordura. Las olas congeladas emergían de la proa abofeteando su rostro y haciendo que el frío galopara por sus huesos devolviéndolo a su realidad.

El estampido de los cañones rugía con eco, rebotando por las colinas hasta Roma, a trescientos kilómetros de esa playa. Cuando una de las salvas explotaba, el mar se volvía un puchero hirviendo. La lumbre a todo lo que daba, tatemando al que osara navegar. Los buques aliados parecían grandes cacerolas puestas al fogón donde terminarían achicharrados. Un chispazo que cegaba primero. Luego, el trueno mecánico de la salva llevándose las vidas de los que trataban de alcanzar tierra. Entre las explosiones, los solados bajaban de los anfibios. Corriendo entre las olas para desaparecer ante el estallido de fuego, agua y arena. En tan sólo un par de horas, el litoral estaba decorado con pedazos de restos humanos, lo que quedaba de la infantería norteamericana. Las baterías de obuses alemanes se encargaban de ese trabajo. Otro tanto hacían las bombas que caían del cielo. Regalos de los aviones jabos o Jäger-Bomber, que volaban rascando el suelo. Limpiando el terreno de visitas no deseadas. Dejando, tras Querubines en el infierno su paso, fuego y sangre entre agua salada. Europa estaba en llamas.

Eran las primeras horas del 9 de septiembre. Había un brillo gris que perfilaba la vista. Comenzaba el primer gran golpe de los aliados contra el ejército nazi. Las armadas inglesa y americana lograron robarles territorio a sus enemigos en el norte de África. Desde ahí entraban al corazón de la guerra por el sur de Italia. Después de la liberación de la isla de Sicilia, los generales aliados decidieron adentrarse en el frente por Salerno en una operación conjunta entre varias naciones. En esa costa se probaría su capacidad para ver si eran lo suficientemente buenos para detener la sombra roja de la suástica que cubría Europa.

El escritor F.G. Haghenbeck.

El escritor F.G. Haghenbeck.

Debido a la presencia de la artillería en tierra y las minas en el agua que bloqueaban las costas del golfo de Salerno, los grandes navíos tuvieron que anclar a doce millas de la playa, dejando un camino largo y mortífero a los vehículos anfibios que transportaban las tropas. Acercarse a tierra era una misión mortal. No tenían respaldo armado desde los buques para apoyar el desembarco. Por ello, literalmente, estaban mandado al matadero a cualquiera que se atreviera a tocar la arena blanca. No parecía una casualidad que casi todos fueran mexas, oakies o japos gringos. Norteamericanos de segunda clase, carne de cañón perfecta.

Al norte, una compañía de infantería inglesa descendió de su barca hacia las dunas de la playa. De lleno, cayó una salva dedicada para ellos. Traía el recordatorio de quien iba ganando en esa guerra. Lo hizo con precisión germana, como si la mano de un ogro los borrara de golpe. No quedó nada. Sólo un par de botas flotando y su hilo de sangre perdiéndose entre las olas.

—¡Shit, ese! Órale pues, ¿wachaste lo que les pasó a los entacuchados gabachos, bato? Ni calcos les dejaron. ¡Qué pinche agüite, ese! —murmuraron al asustado chico que asía su rifle. Levantó su mirada para ver quién le hablaba. Es- taba sentado a su lado. No era mayor que él, un joven que apenas alcanzó la mayoría de edad. Parecía uno más de la línea de soldados en el vehículo anfibio que transportaba a su compañía, la E del 141.º Regimiento de Infantería, 36.ª División del Ejército de los Estados Unidos de América. Sin embargo, no llevaba el casco reglamentario. Tampoco el traje olivo. Mucho menos el fusil M1 Garand. No se trataba de un combatiente más. Era todo lo contrario. Una explosión de color en el mejor estilo pachuco. Con luengo tacuche, saco largo hasta las rodillas color vino y camisa lisa negra. Llevándola como le gustaba, abierta al pecho y atravesada por los resortes amarillos. Pantalón amplio, arriba del ombligo. Mismo tono del saco. Con tanta tela que se podía levantar una tienda. Zapatos brillantes, a dos tonos. Calcos listos para ponerse chancla al ritmo de las songas de Cab Calloway o Lalo Guerrero. Y, desde luego, el sombrero negro con una pluma que cualquier pavo real envidiaría. No era de sorprenderse que su primo estuviera tan bien presentado. Siempre aparecía impecable con su vestimenta, argumentando que ser pachuco era un honor y portar el zoot suit un símbolo de revolución.

A Juan “Moody” Alvarado se le podían poner en duda sus gustos, pero no así su elección para vestirlos en los momentos correctos. Lo que el chico de la infantería, Lou “Dumbo” Moreno, no podía creer es que viniera a molestarlo con sus desplantes de orgullo pachuco en ese momento. A punto de ser acribillado por una descarga alemana, en pleno desembarco en Salerno.

—¿Qué pues nuez, ese? ¿A poco bien zacatón con este borlo, bato? —cuestionó Moody Alvarado levantando el sombrero. Mostró su rostro infantil, que trataba de esconder detrás de un bigotito delgado cual pincelada sobre su labio. Era de semblante afilado, con grandes ojos que resaltaban sobre su piel canela. Un rostro alegre, toda una sonrisa de mazorca.

—Lárgate… —susurró Dumbo Moreno con dientes apretados. Bajó su mirada al piso, a perderse en sus botas militares. Evitando cruzarla con el jocoso traje de su primo.

—¡Teiquirisi, bato! ¡Aliviánese, mi pachucote! Venga pues, no se me agüite gacho, que parece crudelio porque se puso buti high. Mejor póngase águila con un pitazo de aquella —cantó Moody Alvarado bajando su voz, aparentando no desear ser escuchado por el resto de la compañía. Sin embargo, el resto seguía sentado en silencio, cual grupo condenado a la silla eléctrica. Todos de piel morena, todos mexicanos. Peleando por un país que no era suyo, pero con la ilusión de que lo fuera—. ¿Ready para echar bala en esta marketa, Dumbo?

El pachuco rebuscó en una de las bolsas de su amplio pantalón. Encontró un cigarrito hecho a mano. Se lo llevó a la boca y lo afiló con la lengua. Extrajo también un encendedor dorado con el grabado de una caricatura: un gato en traje zoot suit, no muy distinto al que él portaba. Prendió el churro de mariguana. Dejó que el humo llenara sus pulmones. Un olor picoso de yerba quemada inundó el anfibio.

—¿Un grifo, pues? ¡Zacatito pal conejo, mi Dumbo! Wáchese que esta yesca ta rebuena. Vamos a ponernos bien tirili, ese —susurró cual niño haciendo travesura. Extendió el cigarrillo a Dumbo Moreno, quien lo tomó con miedo y lo hizo girar entre sus dedos. Al ver que su superior, el sargento Manuel S. González, no le daba importancia, dio una fumada. Se relajó, dejando escapar un poco del terror que se aferraba a él con las uñas extendidas cual gato frente al baño semanal. El consumo de cannabis era frecuente en las filas militares. La podían conseguir con facilidad en África del norte.

—Gracias, Moody. Lo necesitaba —comentó Dumbo tratando de relajarse. La neblina del humo expulsado se quedó frente a ellos, cargando el ambiente en una alucinación fatalista.

Querubines en el infierno

 

*Fragmento de la novela “Querubines en el infierno”, de F.G. Haghenbeck (Suma de Letras, 2015). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

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