Muerte Blanca

 

Especial de Terror - Interiores

 

La muerte blanca - Roberto Flores

 

Por Arturo J. Flores

Ilustración por Roberto Flores

 

Supo que algo malo había sucedido. Lo sospechó cuatro días antes mientras cabalgaba hasta este lugar, cuando la sed y el hambre estuvieron a punto de matarlo. Y no le cupo ni la menor duda de que algo andaba mal en el momento que contempló el terror en los ojos del enano más viejo.

—¿Quién fue?— preguntó Felipe. Apretó los puños, haciendo que rechinara la malla metálica de sus guantes.

—N-no sé qué te refieres— contestó el líder —llevamos varios días esperándote.

El enano miró fijamente los ojos de Felipe, que estaban inyectados de rabia. El sudor perlaba la frente del príncipe y el peto de su armadura subía y bajaba al compás de la agitada respiración.

El hombre se dio la vuelta y la capa desgarrada simulaba una flor hecha de sangre que descubría sus pétalos rotos. Felipe tomó al enano por el cuello y lo alzó hasta que quedó a su altura. Después, con la criatura sujeta con la mano derecha, avanzó hasta que vio un árbol y lo estrelló de espaldas contra la corteza.

Le acercó tanto el rostro que el aliento caliente del príncipe parecía quemarle las pestañas, igual que si se tratara del hocico de un dragón.

—¿Quién fue?— preguntó otra vez el hombre, a punto de perder la razón.

El resto de los enanos corrió detrás de Felipe y lo jalaron de la pierna, suplicándole que dejara al líder en paz.

Sólo había cinco de aquellos hombrecitos alrededor del hijo del Rey, como si se tratara de niños que le pedían golosinas. Felipe volteó a sus espaldas. Ahí permanecía el otro, cruzado de brazos.

—¡Hijo de perra!—gritó.

Felipe soltó al enano más viejo, que cayó al suelo como un fardo y comenzó a toser.

El príncipe se arrojó contra la única de aquellas criaturas que no suplicó clemencia para el más viejo. Como si se trata de un muñeco, lo tiró al piso y se colocó a horcajadas encima de él. Lo golpeó con el puño cerrado y le rompió la nariz.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó a aquella cosa diminuta y horripilante que permanecía jadeando en la hierba.

El enano no contestó. Lo miraba con su acostumbrado malhumor, los ojos tétricos eran coronados por un par de cejas peludas que siempre se inclinaban hacia abajo. La barba larga y gris salpicada de su propia sangre se mecía con el viento de la tarde.

—Fue muy dulce… Casi pude escucharla gemir, de no ser porque estaba dormida.

Felipe enloqueció. Los celos hicieron arder sus calderas interiores y echaron andar una máquina de muerte. Golpeó al enano hasta que los rasgos de su rostro se diluyeron en el olvido. Después sacó su daga del cinturón y se la clavó a su oponente hasta que no le quedaron fuerzas para seguir acuchillándole el estómago. Entonces el príncipe se derrumbó a llorar.

Los otros seis enanos se acercaron y el más viejo le puso una mano en el hombro.

—Ya pasó, Felipe— le dijo en un susurro— es hora. Él ya pagó por su crimen.

Lo condujeron al interior de la choza, donde la mujer permanecía inconsciente. Se encontraba tendida en una mesa, el mismo sitio donde los enanos debían comer. Estaba casi desnuda, apenas cubierta por un camisón color hueso que dejaba al descubierto la mitad de unos senos formidables. Lo último que tuvo puesto cuando mordió aquella fruta envenenada.

Por este cuerpo y esta doncella el príncipe se había jugado la existencia, probó vino directamente de la copa del demonio. Cuando asesinó a la bruja que la hechizó, sólo pensaba en el consuelo que significaría reconocer el amor en los labios de su amada.

Felipe se inclinó sobre la joven y lentamente acercó su rostro al suyo.

Cuando los labios se tocaron, el príncipe percibió el golpe de una energía brutal que lo lanzó de espaldas. Los seis enanos miraron con horror cómo el príncipe se calcinaba vivo en medio de estertores de dolor.

Cuando de Felipe no quedaron más que cenizas, ella se puso se pie y salió de la casa. Caminó hasta donde se encontraba el cuerpo irreconocible del enano muerto. La princesa lo levantó con cuidado y lo abrazó entre sus senos, igual que un bebé, para arrullarlo.

Besó al pequeño cadáver en la frente y se alejó caminando con el bulto pegado a su corazón.

 

Tomado del libro Cuentos de hadas para no dormir (Instituto Mexiquense de Cultura, 2009).

 

> Arturo J. Flores (1978) es periodista. Desde 1999 ha escrito en diversas revistas musicales como Marvin, Indie Rocks!, Kuadro, La Mosca en la Pared, Nuestro Rock, Sónika, Revólver (Guadalajara) y La Rocka (Monterrey); además de otras publicaciones de lifestyle como Picnic, Open, Forward, El Gourmet y Deep. Ha publicado varios libros de relatos, como Cuentos de hadas para no dormir y Como una sombra vil, además de las novelas Provocaré un diluvio y Te lo Juro por Saló, esta última ganadora del Premio Nacional de Novela “Justo Sierra O’Reilly” que entrega el gobierno de Yucatán. Ha impartido numerosas conferencias y talleres, sobre todo orientados al periodismo, la literatura y el rock. Actualmente es Editor en jefe de la revista Playboy México. Twitter: @Arthuralangore 
> Roberto Flores (Ciudad de México) es un ilustrador y artista gráfico mejor conocido como La Rata Rey. Se inspira en lo bizarro, los mundos subterráneos y los bajos fondos que existen en cualquier parte del mundo. Su página: laratarey.com.mx/

 

Autor: administrador

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