Los hombres árbol

 

Especial de Terror - Interiores

 

Danela Z - Hombres árbol

 

Por Bernardo Esquinca

Ilustración por Daniela Zahra

 

Una noche de Luna llena, Marduk me llevó a conocer a los Hombres Árbol. Bajamos del auto tras recorrer una carretera secundaria, y nos adentramos en el bosque. No podíamos llevar linternas, me aclaró, pero no fue necesario: el resplandor lechoso que caía desde el cielo nos permitió ver por dónde caminábamos. Durante largos minutos sólo se escuchó el sonido de nuestros pasos sobre hojas muertas. Pensé que mi amigo no tenía la menor idea de dónde estábamos hasta que apareció un murmullo lejano, que le sirvió para orientarse. Pronto descubrí que era la corriente de un río, al que no podía ver, pero que intuí corriendo a un costado de nosotros durante el resto del trayecto. En algún momento Marduk me hizo una seña; tomamos un sendero que se abría hacia la derecha, y nos detuvimos al borde de un claro. Nos escondimos entre los arbustos. Me pidió que guardáramos silencio.

En el centro del claro había un enorme roble. El tronco estaba cubierto de muérdago, y sus gruesas ramas se desparramaban hasta tocar el suelo, como los tentáculos de un pulpo colosal. A su alrededor se reunían once hombres ataviados con túnicas blancas. Los Hombres Árbol. Parecían muy viejos; lucían largas barbas plateadas. Estaban en medio de un extraño ritual. Por turnos, los ancianos daban un paso al frente, colocaban la palma de la mano sobre la corteza, inclinaban la cabeza, y permanecían unos minutos en actitud concentrada, como si escucharan algo que proviniera del interior del árbol. Cuando terminaron, entonaron al unísono una letanía, ininteligible para mí.

Para mi sorpresa, Marduk rompió el silencio.

-Algo está mal –dijo, con voz apenas audible.

-¿Por qué? –me atreví a preguntar.

Sin quitar la vista de los ancianos, Marduk respondió:

-Porque siempre son doce.

-Quizá uno de ellos murió –aventuré, por decir algo, pues el sonido de nuestras voces aliviaba el asfixiante silencio.

-¿Morir?

La ironía que imprimió al tono de su voz, y la expresión burlona que se dibujó en su rostro, me indicaron que lo que acababa de decir era una estupidez, o al menos un absurdo. Dejé de hacer preguntas. Me había distraído; al regresar la vista al claro me di cuenta que los ancianos formaban ahora una línea frente al roble. Se habían vuelto, con las manos cruzadas a la altura de las ingles. Pensé que miraban a la espesura, pero los ojos aterrorizados de Marduk me convencieron de otra cosa.

Nos miraban a nosotros.

Una rama crujió cerca; a nuestras espaldas apareció el doceavo anciano. Nos incorporamos, nerviosos; pude darme cuenta de lo alto que era: nos sacaba una cabeza. Al igual que los otros tenía túnica blanca y barba poblada. La piel de su rostro estaba agrietada, parecía hecha de roca. Colocó una mano enorme sobre el hombro de Marduk, y lo condujo junto a los otros ancianos. Me quedé petrificado, sin voluntad para hacer otra cosa que no fuera mirar desde el borde del claro. Para calmar mi creciente miedo, me dije a mí mismo que los ancianos conocían a mi amigo, y que lo estaban invitando a formar parte de su ritual como una cortesía.

Un banco de nubes cubrió la luna, sumiendo al bosque en una densa penumbra e impidiéndome distinguir con claridad lo que ocurrió a continuación. A falta de una explicación coherente, me remitiré a describir lo que vi: los ancianos cargaron a Marduk, lo alzaron por encima de sus cabezas y, en un acto imposible, lo metieron dentro del árbol. Aunque pude comprobarlo al día siguiente, que regresé al claro a plena luz del día, ya intuía que el tronco del roble no tenía ninguna puerta o hueco por el que se pudiera introducir a un hombre. Después de ese acto de desaparición, los ancianos comenzaron a girar alrededor del árbol, mientras entonaban un canto que sonaba tan antiguo y profundo como el bosque mismo.

No quise seguir viendo; me alejé de ahí tan rápido como mis piernas temblorosas me lo permitieron. Mi amigo se había esfumado frente a mis ojos, y creí que jamás volvería a verlo. Me equivocaba.

Cerca del amanecer me reencontré con la carretera secundaria, y con el auto. Me fui a casa e intenté dormir sin lograrlo. Pensé en acudir a la policía, pero ¿quién en su sano juicio podría dar crédito a lo que yo había atestiguado? Torturado por el insomnio, decidí regresar al bosque. El rumor del río me ayudó a dar con aquel lugar que por momentos creí haber imaginado.

Sin los ancianos rodeándolo, el roble parecía un árbol normal. Permanecí un rato oculto, observando el claro, hasta que me atreví a acercarme. Rodeé el tronco y analicé su corteza con detenimiento, en busca de algún hueco. Nada. Lo que sí tenía eran varios círculos de color más oscuro, como ocurre con muchos árboles, sólo que éstos me parecieron singulares. Los observé cuidadosamente para comprender a qué me recordaban. Con un estremecimiento lo supe: esas formas semejaban bocas abiertas, congeladas en un aullido, como si dentro del tronco hubiera decenas de personas atrapadas. La mayoría de esos círculos se sentían sólidos y rasposos al tacto: tenían tiempo de haberse formado. Pero había uno todavía blando y húmedo, que parecía palpitar bajo mis dedos. Retrocedí un paso, y entonces pude distinguir el rostro de Marduk, congelado en un espantoso quejido. Pensé en tomarle una fotografía con mi teléfono, pero en ese momento los arbustos al borde del claro se agitaron, revelándome que no estaba solo. Sentí que doce pares de ojos me observaban –y juzgaban– desde la espesura.

Me alejé con la cabeza agachada. En ningún momento miré atrás, a pesar de que el grito silencioso de mi amigo amenazaba con reventarme los oídos.

 

>Bernardo Esquinca (Guadalajara, Jalisco, 1972) Es autor de la trilogía de cuentos de terror Los niños de paja, Demonia y Mar negro, entre otros libros.

Twitter: @besquinca 

> Daniela Zahra (Buenos Aires) es bajista y cantante de la banda argentina Mujercitas Terror. Dibuja, pinta y escribe desde niña, y a los 18 años ingresó a la escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano de su ciudad natal. Su página: mujercitasterror.wix.com/daniela-zahra

 

Autor: administrador

Comparte esta publicación en

Envía comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.