La Bella Durmiente

 

Especial de Terror - Interiores

 

ilustracionLE-nov2014

 

Por Bibiana Camacho

Ilustración por José Ma Martínez

 

Abrió la ventana para aspirar un poco de aire fresco, pero la tuvo que cerrar de inmediato porque Eunice empezó a toser. Se precipitó hacia su habitación. En casi tres meses de trabajo la señora no se había despertado nunca, no se había quejado; a veces incluso le acercaba un espejito a la nariz para comprobar que seguía respirando. Lo último que necesitaba es que se le muriera durante su turno sin que ella se diera cuenta.

Cuando llegó a la habitación, la mujer emitía una tos suave y ronca como si se hubiera cubierto la cabeza con las cobijas. La cubrió bien y le echó otra manta. Eunice dejó de toser y volvió a esa tranquilidad inquietante y antinatural con la que descansaba todas las noches.

Roberta nunca la había visto despierta. Estaba recién salida de la Escuela de Enfermería cuando le ofrecieron el trabajo gracias a sus buenas calificaciones. No había mucho que hacer más que velar el sueño de la enferma. La respuesta a todas sus preguntas siempre fue negativa. ¿Necesita medicamentos? No, ¿Es alérgica a algo? No, ¿Tiene alguna enfermedad? No, ¿Debo asearla? No; Si necesita ir al baño, ¿le pongo el cómodo o se puede levantar? No lo necesitará. No, no y no.

Al principio Roberta se sintió inquieta, sobre todo por la extrema tranquilidad de esa mujer de abundante cabellera blanca y rostro arrugado. En sus rasgos cansados todavía quedaban los restos de una belleza perdida.

Se sentó a su lado como tantas otras noches, pero ya no se quedaba velando. A media noche o una de la mañana se acostaba en el cuarto contiguo, siempre con la puerta entreabierta por si escuchaba algo. Un olor rancio inundaba la habitación a pesar de que siempre había un aromatizador olor lavanda que mezclado con ese olor dulzón a descomposición le revolvía el estómago. Por eso había abierto la ventana del cuarto contiguo, para respirar.

La paga era muy buena y prácticamente no hacía nada, más que esperar a que amaneciera. Eunice no daba lata. A veces le parecía que ni siquiera estaba viva. Se acercó a su lecho y puso el dorso de la mano en su frente. Templado, sin rastros de calentura. A veces Eunice giraba los glóbulos oculares debajo de sus párpados, pero era sólo un momento. Luego volvían a una quietud que a Roberta le parecía cada vez más espeluznante. Lo más raro de todo es que aunque procuraba no perderla de vista, bastaba que saliera de la habitación un momento o que se durmiera un rato para que la enferma cambiara de posición. A veces era algo casi imperceptible, pero Roberta se daba cuenta y un escalofrío le recorría la espalda.

Ya le había platicado a un par de amigas enfermeras sus inquietudes, pero nadie le hacía caso, incluso se burlaban un poco de ella. Una trabajaba en el hospital infantil y se la pasaba corriendo todo el día de una habitación a otra, atendiendo a niños moribundos que sus padres habrían abandonado. Otra trabajaba con un viejo decrépito que protestaba todo el tiempo y que la regañaba a la menor provocación. Roberta no tenía nada de qué quejarse. Pero eso sí, le decían, ruega que tu Bella Durmiente dure mucho tiempo así, hasta que se muera. Y le contaron historias de gente que estaba moribunda y que se fortalecía de la nada para dar toda la lata que no había dado antes. Roberta se estremecía pues muy en su interior pensaba que esa mujer ya estaba muerta hacía mucho tiempo.

Había otras dos enfermeras que se turnaban las horas del día. Pero aunque coincidía con ellas en el cambio de turno, ninguna le dirigía la palabra. Lo que era evidente es que la mujer siempre estaba aseada y con la larga melena sedosa y cepillada. Sabía que recibía la visita de un terapeuta que le movía las extremidades y el cuerpo para que no se atrofiara. Sabía que la acercaban a la ventana a tomar el sol y que la alimentaban con comida para bebé y algunas frutas, pues es lo único que había en el refrigerador de la casa. Lo que no sabía y tampoco se atrevía a preguntar es si estaba consciente en algún momento.

Su teléfono la despertó. Lo dejó entre sus piernas mientras observaba a Eunice y se quedó dormida. Lo bueno es que estaba en modo vibrador. Era un mensaje, de sus amigas. Era viernes por la noche y estaban de fiesta. Pobre Roberta, le decían, trata de rolar tu turno, vivir siempre de noche no es de dios. Pero Roberta no podía, en el contrato que había firmado decía claramente que no existía la más mínima posibilidad de rolar turnos.

La Bella Durmiente había cambiado de posición, ahora estaba del lado, con la mano izquierda bajo la almohada. Algunos cabellos le cubrían el costado del rostro. Roberta se los quitó con cuidado. La volvió a arropar y se marchó a su habitación. Apenas era la una y media de la mañana y ella sentía que llevaba ahí al menos una semana encerrada.

Se quitó los zapatos y la bata de enfermera perfectamente almidonada. Se recostó y se cubrió con una cobija. A pesar de que la casa estaba en una calle poco transitada, a veces se iluminaba una parte del techo con las luces de los autos que se filtraban por la ventana. Cerró los ojos y escuchó un crujido. Sonrió pero no se levantó. Era la planta que estaba cerca de la ventana, el único otro ser vivo que parecía habitar esa casa. Era de un tronco grueso y verde y tenía hojas ovaladas con el centro blanco. Crujía de vez en cuando. Roberta sabía que las plantas a veces hacen ruidos así, cuando crecen o cuando se mueven motivadas por la oscuridad o por la luz. Lo había leído en algún lado y le daba gusto escuchar ese ruido extraño.

Se adormiló con la lámpara de buró encendida, como de costumbre. Sintió cómo su cuerpo empezaba a relajarse cuando una sacudida la despertó. Abrió los ojos y sintió la siguiente sacudida. Temblaba. El piso se movía con fuerza de un lado a otro. A duras penas pudo levantarse, se puso la bata, se calzó los zapatos y salió corriendo; bajó las escaleras sin pensar y entonces por primera vez la escuchó.

Eunice había gritado, había sido un grito espantoso, de una voz ronca y demasiado fuerte para ese cuerpo tan viejo, tan maltrecho. Regresó a las escaleras sin pensarlo y se precipitó a la habitación de La Bella Durmiente, el temblor había disminuido y se sintió avergonzada por haber huido y dejado a su paciente abandonada.

Estaba sentada, abrazando las cobijas con los ojos apretados. Los cabellos plateados enmarcaban su rostro aterrorizado. Iba a abrazarla, a decirle que todo estaba bien, a tranquilizarla; pero una terrible sacudida la tiró al piso.

Cuando abrió los ojos no tenía ni idea de dónde se encontraba. Tampoco podía ver, estaba demasiado oscuro. Intentó moverse pero no pudo. Sintió como si una gran mano la tuviera sometida al suelo. Se echó a llorar en cuanto comprendió lo sucedido. Esa última sacudida había derrumbado la casa. Poco a poco se acostumbró a la oscuridad. Parecía estar debajo de alguna estructura que había impedido que el concreto la aplastara, pero el espacio era tan pequeño que no podía moverse. A su izquierda alcanzó a ver un pequeño orificio, de entre los escombros, por donde veía las patas de la cama de Eunice. Pero las lágrimas le impedían ver con claridad.

Agotada de tanto llorar se quedó dormida. La despertó ese crujido tan familiar, el de la planta que cada noche parecía crecer o cambiar de posición. Abrió los ojos y miró esperanzada hacia el único orificio disponible. Pensó que sólo se había caído una sección de la casa y confío en que la encontrarían pronto, si la planta estaba viva, lo más probable es que la Bella Durmiente también. Se aclaró la garganta y estaba por pedir auxilio cuando vio que un par de pies blanquísimos con marcadas venas azules se posaban en el piso. Un blanco camisón cubrió los frágiles tobillos. Y un encaje que parecía rasposo cubrió los empeines pronunciados. Poco a poco los pies comenzaron a moverse, no se levantaban del suelo, simplemente se arrastraban. Y de nuevo el crujido, entonces entendió que ese ruido provenía de Eunice y no de la planta. Los pies se arrastraban lentamente y con mucha dificultad pero se acercaban. Roberta trató de moverse aterrorizada, pero no pudo. Estaba atrapada, trató de gritar pero sólo logró emitir un débil gemido, como el de una moribunda. Los pies se hacían cada vez más grandes hasta que se posaron a su alcance, si hubiera podido sacar la mano de los escombros, habría podido tocarlos. Por el movimiento del camisón supo que Eunice se agachaba y luego vio el extremo de los cabellos blancos. El crujido era cada vez más fuerte y prolongado. Roberta no quería ver a la Bella Durmiente despierta, no quería ver sus ojos abiertos, estaba segura de que ahí encontraría el vacío. Y, por fin pudo, gritó con todas sus fuerzas, se lastimó la garganta, apretó los ojos y siguió gritando.

Días después despertó en el hospital, tenía una pierna enyesada y parte de su cuerpo vendado como momia. Fue la única sobreviviente de la casa, le dijeron. Eunice y la cama quedaron completamente aplastados, bajo el techo de la habitación.

 

> Bibiana Camacho (Ciudad de México, 1974) es ex bailarina, editora, traductora y encuadernadora artesanal. Ha colaborado en medios impresos como Día Siete, La Tempestad, El Puro Cuento, Generación, Replicante, y Laberinto, entre otros. Fue becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fonca generación 2008-2009 y es miembro del Sistema Nacional de Creadores del Arte desde 2012. Obtuvo mención honorífica en el concurso nacional de Primera Novela Juan Rulfo convocado por el INBA en 2007 por Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010) y con esta novela fue finalista del Premio Antonin Artaud 2010. Publicó la colección de cuentos Tu ropa en mi armario (2010). Cuentos suyos están incluidos en las antologías Ciudad fantasma (Almadía) y Avisos clasificados, ambas aparecidas en 2013. Su libro más reciente es el volumen de relatos La Sonámbula (Almadía).
> José Ma Martínez (Jilotzingo, Estado de México) es pintor. La Universidad Complutense de Madrid lo becó en 2005 para que tomara un curso con Antonio López García, conocido como el “maestro del realismo español”. Desde 2003 ha recibido 12 premios y distinciones en México y otros países, presentado 5 exhibiciones individuales y participado en 12 colectivas. Su página: josemamartinezh.blogspot.mx

 

Autor: administrador

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