Hasta que vuelva a oscurecer

Por Andrés Torres Scott

 

El niño miraba desde el mausoleo como sus padres cogían a un perro y trataban de matarlo. Sería la única oportunidad de comer algo ese día. Por oriente, el sol no tardaría en salir y eso le preocupaba.

Se tocó la panza, el estómago hacía sonidos raros. Su padre tenía cogida la mandíbula del perro y la madre intentaba matarlo, pero la voluntad del perro era superior a las fuerzas de la mujer. Ella tenía un par de mordidas del animal en el brazo a las que se sumaba la debilidad física de dos días sin comer. Sin hacer ruido y desde el último resguardo oscuro del cementerio, salió un soldado que empujó a la mujer y la tiró al suelo. Su padre soltó al perro y se dirigió al soldado. El niño quiso salir y gritar, pero su madre le había pedido que no lo hiciera.

—¡No! Por favor, no lo haga —gritó su padre con los brazos extendidos ante el militar.

El soldado retiró el machete de la espalda de la mujer y atacó al hombre.

—¡Ayuda! —gritó el soldado.

Con miedo miró como su padre cogía el cuello del soldado y lo estrangulaba en un par de segundos. Recogió a su madre y la apoyó en su hombro. Comenzaron a caminar hacia el mausoleo, pero ya estaban rodeados de militares. La pelea fue fugaz, sus padres pudieron deshacerse de tres soldados, pero una lluvia de machetes cayó sobre los dos.

—¡Córtenles la cabeza! —gritó un soldado.

Desde la distancia vio como los soldados levantaron las cabezas de sus padres y rociaron con nafta sus cuerpos. Los militares no descansaron hasta mutilar las cabezas desprendidas. El niño se tapó la boca y comenzó a llorar sin poder retirar la vista de lo que quedaba de sus padres hasta que la iluminación proveniente del este le recordó que estaba a punto de amanecer. Se metió al ataúd de metal, lo cerró por dentro con los dos candados, dejó salir un leve aullido, cerró los puños y comenzó a temblar. Recordó ahí las últimas palabras que le dirigió su madre:

—Veas lo que veas por ningún motivo salgas, papá y yo traeremos sangre.

Ella le acarició las mejillas y luego besó su frente. Ese beso sería suficiente para recordarla y recuperar fuerzas hasta que vuelva a oscurecer.

 

Cementerio

 

 

>Andrés Torres Scott es chilango y ex fumador desde 2007. Corre tres veces por semana tenga flojera o no, es adicto al café sin azúcar y además de México ha vivido en Inglaterra y Canadá por razones confusas hasta la fecha. Ha publicado cuentos y minicuentos en revistas literarias de Estados Unidos, Canadá, España, Uruguay y Argentina. Actualmente dirige el taller de escritura en español Viva Edmonton! en Canadá. Puedes seguirlo en: unblogparatodosyparanadie.

Autor: administrador

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