Flotando en la noche

Juan Daniel Mosqueda Esparza

 

El patrón solía llegar así por las noches. Dos o tres veces a la semana lo escuchábamos acercarse derrapando, con esos faros blancos que no nos dejaban ver nada hasta que se apagaban, entonces, tratando de recuperar la vista, entrecerrando los ojos, veíamos el TransAn blanco, ahí parado con el aguilota negra en el cofre. No se tenía que bajar para decirnos que hacer, le digo que venía dos o tres veces por semana. No más nos acercábamos hasta la puerta, y si se abría sabíamos que ya habíamos chingado. Nos trepaba a los tres en el carro, el bajosexto de copiloto, la tarola y el acordión en el asiento de atrás. Ya en el coche nos decía ¡Arránquense! y luego nos decía con cuál. Caminos de Michoacán, El corrido del perro negro, La eche en un carrito, Y que ha sido del amor que me juraste, depende de cómo estuviera de humor. Pasábamos levantando el polvo del puente viejo, porque odiaba el puente nuevo, y nos dábamos vueltas alrededor de la plaza frente a catedral, antes que se podía, y no le importaba que las mujeres de la iglesia, sacristanes o hasta el cura salieran a decirle que le bajara a la música, que le bajara a la velocidad, que esos no eran lugares para andar escuchando esas canciones de vicios y perdiciones, y el patrón no más se reía cuando los veía salir todos apurados en sotana y ponerse rojos de tanto grito que echaban y le daba un trago a la botella,  entonces cantábamos la parte que dice vengo a decirle a la que no me supo amar, que chingue a su madre. Traíbamos los vidrios prietos prietos y no más abiertos poquito para que saliera la música, pero cuando pasábamos junto al padrecito el patrón acercaba su boca a la ventana para que lo escuchara clarito, y seguro el curita veía solo su boca, sus labios gruesos y dientes medio chuecos y medio amarillos pero más bonitos que los míos, la verdad, y sus risotadas que soltaba cuando el padre gritaba y agitaba la mano, y daba brinquitos de coraje con su sotana. Luego de eso nos íbamos a la fiesta que se hacía siempre en la carretera a Zamora. Ahí le gustaba correr su carro, y ahí se encontraba siempre con su amigo el Semillas. Qué pues pinche Semillas, le gritaba, y entonces el Semillas se trepaba al carro de copiloto y, pues ni modo, nos íbamos atrás el acordión, la tarola y el bajosexto, ahí apretaditos tocando, y decía el Semillas Échense la de Pedro y Pablo, y le decía el patrón Qué pues, échense mejor la de Maracas, Qué paso, decía el Semillas, mejor Qué te ha dado esa mujer, y se reían, y nosotros no sabíamos que tocar, pero ya luego el patrón se ponía más serio y decía échense Los dos amigos, y ahí es cuando comenzaba a echar círculos en el carro, a quemar las llantas y terminar acercándose a la que era la causante de todo el merequtengue, la Lula. Qué pues Lulita, le decía él. Ella no más giraba el cuello para verlo, inclinaba la cabeza y levantaba los ojos, sin mover la mano de la cintura, sin dejar esa pose con la cadera levantada que ponía desde que el patrón se ponía a dar trompos para que se le vieran mejor las nalgas, y le decía Qué pues Chito. El patrón se volaba siempre con eso, tenía la mecha corta. Sonaba el motor arreglado no más al pisarle el gas, se meneaba el cofre y nosotros adentro cantando Perfume de gardenias, o intentando cantar, con el bajosexto en la cara.

Ese patrón era todo un donjuan, aunque el Don Juan era su hermano. En el nombre pues, se llamaba Juan y era todo un Don que llegaba al pueblo de vez en cuando desde Morelia. El patrón era un hombre fuerte, le metía duro a los fierros y parecía uno de esos fisicocontruristas que salen en las películas. Le gustaba andar en el TransAn gastándose las llantas, la gasolina, la lana y el alcohol. El hermano, el Juan, era harina de otro costal. Un señor elegante, de esos de ciudad, que andaba en un Rambley azul, siempre vestido muy elegante y muy serio. Uno de esos hombres que uno no se encuentra en las cantinas y que las madres quieren para sus hijas, nada de borracho parrandero o jugador. Su mamá que tenía cinco hijos siempre decía que tenía cuatro hijos y un dotor. Así de orgullosa estaba del Juan. Cuatro hijos y un dotor. El patrón en cambio siempre lo encontraba uno en las cantinas, o en la iglesia, pero la del otro lado del puente, cuando había fiesta, o en el gimnasio, o los arrancones. Y en las noches ahí estábamos, en los arrancones. El patrón mandaba al Semillas que se saliera del coche para que cuidara a la Lulita, y porque estaba re gordo, y se formaba en la línea para competir con el Cougar, que era el único que le daba batalla. El Cougar era un carro negro con una pantera dorada en el cofre, poderoso poderoso que hasta daba miedo acercarse, y aunque uno se acercara no se podía ver nada por esos vidrios gruesos y negros, era como ver a los ojos de una persona sin alma. Siempre estaba listo, siempre ahí en la línea, esperando competir con el patrón, aunque nadie supiera quien lo manejaba. A ver muchachos, nos decía el patrón, calladitos hasta que arranque, no vaya a ser… y cuando rechinen las llantas se arrancan con El taconazo, ya saben, más rápida para que vaya con el ritmo del  carro. Así que ahí vamos, arranca, suénele, segunda, agarre bailadora, tercera, rodeiele la cintura, cuarta, júntese cara a cara, y ganaba, siempre ganaba, aunque el Cougar llegaba pegadito, nariz a nariz, cara a cara, solo unos centímetros detrás, como si tuviera medida la distancia por la que tenía que perder. Luego el patrón se daba unos trompos en el carro y regresaba con los faros apuntando a la Lulita. Se bajaba botella en mano y nos arrancábamos con su rola, mi tesoro. Los demás carros se iban yendo, o apagaban las luces o las apuntaban a otro lado, pero en aquel momento solo estaba la Lula y el patrón, iluminados por los faros del auto, bailando quedito, flotando en la noche, con nosotros tocando con el mayor sentimiento posible, todo en oscuridad y silencio alrededor. Aquello era lo más romántico.

Así era cada que salíamos con él, que era cada que él se enteraba que saldría Lulita con sus primas. Una buena vida. Luego hasta andaba invitando a todos al restaurante que se llamaba “Lulita”, que era de su mamá, en paz descanse ahora pero que entonces aún vivía, y que antes se llamaba “Lolita”, como la señora en paz descanse. Se la tenía cantada el patrón, y a los demás hermanos no les importaba que se llamara así, ni que se gastara su parte del dinero en la parranda, mientras no gastara de más y no robara a su madre. Solo a Juan le importaba, y a veces iba y regañaba a su hermano, no le decía nada, solo lo veía ahí parado, con los brazos cruzados, recargado en su coche azul, cuando regresábamos al restaurante y el patrón nos decía Ora muchachos, se acabó la fiesta, y cada quien tenía que jalar para su lado. Dicen que Juan le decía Te vas a matar cabrón, deja de meterte chingaderas, manda a la chingada a la Lula, no puedes seguir así, pero la verdad nadie que yo conozca escuchó hablar jamás a Juan. Dicen que no hablaba más que con gente de ciudad, o con sus pacientes, pero de que hablaba con sus hermanos hablaba. El chiste es que el Juan tenía razón en algo, la Lulita no era buena para el patrón, ojalá lo hubiéramos sabido también nosotros, así le pudimos haber advertido que no gastara su dinero en ella, o que no fuera aquella noche. La Lulita estaba metida en cosas chuecas.

Noches antes, el patrón nos había hecho ponernos nuestra ropa de gala. Éramos los tres fantasmas más chulos del pueblo. Luego nos enteramos que la señora Lolita había fallecido. Nosotros creíbamos que no iba a llegar, que se iban a cambiar los planes, pero ahí lo esperamos, de lentejuela blanca, por si quería llevarle gallo a la difunta. Y llegó, elegante, con un traje café y una camisa azul de holanes. Había comprado una botella de reposado que hasta el puro vidrio se veía caro. Le iba a pedir a la Lulita que se casara con él y no iba a esperar otro día. Llegamos a los arrancones, el patrón se bajó con el Semillas y vimos a todos mirarlo con la boca abierta. Hasta pareces hermano de Juan, le gritaban, y no decía nada tampoco, como si se lo tomara en serio. Solo le habló al Semillas, le dijo algo, le enseñó el anillo, y vimos al Semillas sonreír cuando lo vio brillar. El patrón se subió al carro y dijo hoy nos chingamos al Cougar porque nos lo chingamos. Pero el Cougar ni estaba ahí aquella noche, así que arrancamos con Novia mía. Y se prendió la fiesta. Bailó con la Lulita toda la noche, y el Semillas con una de las primas, y corrió el alcohol, y acordión se abría y cerraba con el bajosexto guiándolo y una tarola que parecía retumbar en los vidrios de los coches. Ya luego, el patrón dijo, Silencio señoresn, y esa era la señal, se pone de rodilla y recita cascabel de plata y oro tienes que ser mi mujer, y le enseña el anillo, y que la Lulita se derrite, se lleva las manos a la cara, llora, se agacha, lo besa, Voy a ser tu mujer, ¡voy a ser tu mujer!

De regreso al restaurante todo eran porras, risotadas y vacilada hasta que vimos al Juan, de negro, echando humo. Nos vamos patrón, ni esperamos la corrida, aquello se iba a poner feo. No más habíamos dado unos pasos se escuchó una cachetada que sonó como un trueno partiendo el cielo. Madres, dijo la tarola y apuramos el paso.

En la boda ya estábamos listos para arrancarnos con una noche serena y oscura, no más llegara la novia. El novio esperaba catrín en el altar, las campanas repicaban la tercera llamada, las mujeres lloraban por el hombre perdido, por la mujer realizada, los hombres esperaban impacientes la hora de lanzar al novio y buscarse su pareja para raspar la pista. No más faltaba la novia y los padrinos. Faltaba Juan que estaba esperando los anillos en la joyería y el Semillas que era el encargado de traer a la novia. Juan fue el primero en llegar, justo a la última campanada. Llego junto al patrón y le enseño los anillos, yo que estaba ahí cerquita los vi, una preciosura de sortijas en oro blanco. Pura clase. El patrón sonrío cuando los vio, y nosotros también sonreímos, y las damas soltaron sus lágrimas de envidia. Y ahí nos quedamos. Paso el tiempo que dura el gallo, la serenata completa, el baile, y la novia no llegó. Cuando el curita de Santana decía que ya era hora de preparar el templo para un sepelio, salió corriendo de la que iglesia y Juan tras él, y nosotros también, no recuerdo si nos dijo síganme muchachos o no pero lo seguimos, y nos trepamos en el TransAn que arrancó haciendo un ruido endemoniado con las latas, y el Juan arranco detrás de nosotros. Dimos la vuelta a la derecha, en el bulevar que da al panteón francés y llegamos ahí junto, a donde vivía la Lula. Ahí afuera era estaba la camioneta gris del Semillas. El patrón tocó ¡Lulita! ¡Lulita! Nadie abrió. El Juan se bajó del coche y le dio una patada a la puerta. Vimos al Semillas desnudo, tirando en el sillón, rojo rojo, con un balazo en la panza y otro en la cabeza. En el cuarto la Lula no estaba, solo estaba el vestido de novia, blanco blanco, limpio, inmaculado, virgen y nuevo. La cama es la que parecía un muladar, un remolino de cobijas, vestidos y calzones. Parecía que habían puesto ahí a un par de cochinos a que se revolcaran, a que restregaran su mugre y lodo en las cobijas y luego los habían desollado dejando solo la sangre y la piel para los duros. Eso fue lo único que quedo de Lulita.

Luego de eso el patrón ya no nos contrataba para pasear en el coche. Se la pasó en la cantina los siguientes días, ni al velorio del Semillas fue. Y de la Lulita, nadie supo nada, ni si era su piel ni nada. Había desaparecido de la Piedad, y de Santana, pa’ quién sabe dónde. Así que ahí estábanos, para lo que se le ofreciera, a pie de cañón, los tres detrás de su silla esperando que nos pidiera una melodía, un corrido patrón, le decía el bajosexto, pero no hablaba, solo tomaba charanda, quería morirse rápido. Fue la tercer semana que nos pidió la primera canción. Parecía empezar a resucitar, y todos nos sorprendimos, hasta recuerdo lo que era Dos hojas sin rumbo. Ese patrón. La cantamos alegres, pa’ que le miento. Sé que debimos ser más serios por el luto, pero pues ya eran tres semanas sin cantar. Entonces ahí estábamos en la parte musical, el bajosexto pegándole más a los graves, al pom pom pum, el tarola sacándole la nostalgia al cencerro, y como si el flaco Lara tocara el acordión. Creímos que ahí revivía, pero luego de eso ya no iba a las cantinas. Seguía triste, sentado en la mesa que ocupaba antes su madre en el restaurante. Ahí desayunaba, comía y cenaba. Veía la tele y saludaba a los camioneros, no hacía nada más. Se le había acabado el amor y con eso se le había acabado vida, la fiesta. El restaurante aún decía Lulita afuera, decían que ya le iban a cambiar el nombre a Lolita, como su madre, pero no más no lo hacían.

El otro día íbamos a la cantina, caminábamos junto a la carretera y pasamos por el restaurante. Vimos a una muchacha lindísima, una trigueñita hermosa de trenzas negras que salía toda chiviada del restaurante, con una rosa entre las manos que se pegaba a la nariz como si le quisiera aspirar los pétalos. Le dije a los demás, Es el patrón, ¡Es el patrón! van a ver que vuelve. Los tres sonreímos, y corrimos al vidrio pero no estaba dentro, ni en su mesa que antes era de su madre, solo había camioneros. Ya habíamos agachado la cabeza y reiniciábamos el camino cuando escuchamos que nos gritan desde arriba ¡muchachos! volteamos hacia donde venía el grito y vimos al patrón colgado del letrero, con una brocha en su mano, y vimos que el letrero ya no decía Lulita, sino Lalita. Muchachos, prepárense que esta noche hay fiesta. Así que lo dejamos ahí, colgado, sonriente, listo para la parranda, y seguimos caminando al lado de la carretera hasta la placita donde esperábamos cliente. Entonces vimos pasar a Lalita, y luego vimos pasar despacito al Cougar siguiéndola, pegadito, cara a cara, midiendo la distancia, y nos preguntamos, o el bajosexto preguntó en voz alta, ¿quién será ese? Y alguien en la plaza dijo que no lo conocía, pero que había visto ese carro ser manejado por un hombre elegante, que antes de subirse se bajaba de un coche azul para luego irse a las carreras. Y entonces supimos que jamás volveríamos a ver a Lalita, y jamás la volvimos a ver, ni el patrón volvió a echar fiesta, ni el restaurante volvió a llevar nombre de mujer.

Sierra

 

>Juan Daniel Mosqueda Esparza, actual becario de Jóvenes creadores del FONCA.

Autor: administrador

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