Estación erial o la comedia inútil

Por Jorge Nores

 

La providencial bala perdida

 

A Dominga no le gustaban los domingos. Desde que enviudó, cinco años ya, aprendió a odiarlos y a vivir con su soledad, el desasosiego y la caridad ajena. El pueblo la creía loca pero ella solo quería de eso que llamaban amor pues su matrimonio había sido nada más un negocio familiar que, a fin de cuentas, no prosperó para nadie en particular. Por eso, sin falta, cada día siete de la semana hacía el amor con lo que fuera. Tuvo amoríos con frutas y verduras, escobas, plantas e infinidad de enseres mayores y menores. Hasta el domingo pasado, cuando encontró la vieja escopeta de su difunto marido y un orgasmo final con la bala que le entró por la vagina.

Ruta para Macondo

Maicol no era un forastero a pesar de llamarse como se llamó. Nació aquí, de la unión entre Rosalba la Grande y el Flaco Ramírez y éstos, que por sus nombres pudieran parecer boxeadores, no lo eran. Solo eran personas muy altas y únicamente en esto el hijo se les pareció un poco. En cuanto al carácter también fue distinto, fue distinto incluso a la mayoría de los muchachos del pueblo.

Desde chico dio muestras de ser distraído pero inquieto; se le veía por las calles pensando siempre en algo y luego, cuando ya tenía una idea bastante clara, tenía que llevarla a cabo costara lo que costara. Fue así como un día sorprendió a todos al mezclar el café con un poco de leche. Estábamos tan acostumbrados a tomarlo solo o con algo de azúcar que al principio se nos hizo extraño pero poco a poco nos acostumbramos a beberlo de esa otra forma. “Además sabe mejor”, se atrevieron a decir algunos.

La verdad es que le comenzamos a coger cariño y nos pudo mucho verlo irse un día, cuando parecía que la fortuna del pueblo iba a cambiar y todos creían en el porvenir. Maicol, después de pensar muchos años en silencio, dijo un día que iba a encontrar la ruta que conectaría al pueblo con otro llamado Macondo; un lugar que nadie conocía pero él insistía en recordar. Todavía no cumplía la mayoría de edad (13 años) pero así lo dejaron ir, creyendo en él y en la posibilidad de encontrar, para el pueblo, prosperidad. En realidad yo siempre pensé que tenía razón en una cosa: Macondo estaba hacía el sur, nunca para el norte aunque él haya tomado camino en esa dirección.

Ilustración: Samuel CastañoEl gobierno. Uno

Según mi padre, el gobierno en el pueblo empezó el día que un hombre prometió traer el mar hasta acá. También con unas elecciones armadas de un día para otro; comicios en que la mayoría de la gente (al menos eso se dijo de manera oficial) votó por el señor Gobernador y no por uno de sus ahijados. Lo extraño fue que después de dicha elección, cuando se preguntaban entre todos quiénes habían votado por él, muy pocas personas respondían “yo” aunque en el fondo, todos ansiaban tener a la vista otro horizonte, una brisa distinta y un poco más de color azul en este pueblo amarillento.

Claro que el mar nunca llegó, decía mi padre cada vez que se acordaba de la mentira más grande que podía recordar.

Celebración

La tía Bernarda comenzó a llorar de seis a siete de la tarde todos los días y sin que supiéramos por qué. Al principio el tío Joaquín le decía cosas como: “lo siento, pero ya te dije que todo va a estar bien” y luego se alejaba de la puerta de la recámara de su esposa con expresión maquiavélica. Eso se convirtió en una costumbre para todos, pero más para la tía Bernarda. Lo raro fue que siempre estaba feliz, y cuando terminaba de llorar, salía de su cuarto con una cara esplendorosa; con el cutis renovado y una sonrisa encantadora y cuando le preguntaron por qué lo hacía respondió:

Es una forma de agradecer y manifestar mi bienestar.

Al día siguiente todas sus conocidas en el pueblo comenzaron a hacer lo mismo, y durante algunos meses, dejaron de escucharse las campanadas de la iglesia que anunciaban misa para dejar oír el llanto de casi todas las mujeres que vivían por entonces en las casas felices.

Bueno, al final es casi lo mismo, dijo el padre Juan de Dios con beneplácito.

El gobierno. Dos.

Las tres mujeres que lloraban más fuerte aparecieron muertas en las afueras del pueblo. El Gobernador regaló diez bicicletas para que todos pensáramos en otro asunto.

Estipendio

Al tío Joaquín le tocó la bicicleta más grande, más vistosa y la más veloz ya que la tía Bernarda fue la que lloró siempre más alto. Siempre que podía la presumía, sobre todo en las noches en que salía a pasear con los otros nueve ganadores. En esas ocasiones se ponía siempre a la delantera y ninguno de los paseantes se dignaba dirigir la palabra a nadie que no perteneciera a ese club. Poco a poco se disputaron entre ellos el mando de la banda, y el día que mi tío Joaquín le puso una canasta morada entre los manubrios a su bicicleta, sus compañeros lo corrieron del grupo porque según ellos, eso afectaba la ideología de la asociación. Entonces se sintió muy solo y se dedicó a llevarle naranjas a la tía Bernarda que descansaba ahora, muy satisfecha creo yo, en su propio sepulcro. Mi tío llenaba la canasta morada y  hacía muchos viajes en el día, cuando no se topaba con sus antiguos camaradas y hasta terminar muy cansado. Se las llevaba porque a ella le gustaban y también, dijo antes de tener el accidente que le costó la vida (chocó en su bicicleta contra un poste de luz mercurial), para que lo perdonara y sobre todo, lo pusiera en bien con lo que fuera que se iba a topar allá, de aquel lado de la cosa que nos pasa casi sin querer.

Usanza

Nadie recuerda cómo se llamaba el Gobernador. Ni mi padre, que seguramente lo conoció de niño recordaba su cara, su nombre o su ascendencia. Lo que no podemos olvidar es que duró gobernando como cuarenta años, hasta que encontró a la única persona capaz de hacer el mismo trabajo que él: su hijo el mayor, del que tampoco se recuerda su nombre, solamente una vaga idea de que alguna vez fue una persona como todos los demás pero por tradición, y porque hacía las mismas cosas que su papá, le seguimos llamando el señor Gobernador.

Bienvenido

Nadie nunca entendió porque sus padres le habían puesto Bienvenido. Y la verdad, él tampoco tuvo mucha inquietud por saberlo. Fue como si todos lo intuyéramos pero ninguno terminara por aceptarlo. De sus padres nunca salió un comentario al respecto y tal vez por ello tuvo una vida normal.

Con el paso del tiempo supusimos que la sorpresa se nos presentaría justo cuando Bienvenido muriera y decidimos, entre todos, vigilarlo siempre y en todo momento hasta que su muerte pasara. El acoso duró solamente un par de años, años en los que Bienvenido sufrió un cambio muy extraño. Comenzó a mirarnos con odio y en ese momento supimos que estaba a punto de suceder su final.

Todos queríamos ser testigos del momento para ver qué pasaba con Bienvenido cuando se marchara al más allá; cuando se transformara, junto con su nombre, en alguien más; cuando, por decirlo así, dejara de ser Bienvenido.

El abrazo perdido

Una tarde, ya viudo, estaba viendo apagarse el día afuera de casa cuando de pronto llegó mi vecina Nemesia para darme un abrazo. Fue un abrazo rápido pero intenso por su parte, tanto que ni me di cuenta del momento en que me levanté de la mecedora para saludarla y únicamente recuerdo a partir de que ella me rodeó con sus brazos. Yo correspondí esa muestra de afecto, la verdad, aunque no dejó de sorprenderme por la repentina efusión de la mujer. Cuando nos separamos le pregunté con la mirada qué pasaba.

Nada, respondió, es solo que me nació la sensación hace un rato de que traigo perdido un abrazo, yo creo por toda mi soledad. Y entonces la vi alejarse.

A la mañana siguiente supe que lo mismo hizo con mi vecino y con el otro y con el otro y con el otro y así, hasta llegar a la salida del pueblo y luego seguir todo el camino seco abrazando a cada piedra con la que se encontraba.

Conversión

¿A dónde se va la muerte cuando mata a un vivo? Le preguntó un niño a su madre, en la plaza principal aunque desolada.

A ningún lado hijo, le respondió la mujer. La muerte se queda con todos los que lloran; se hace grande, se hace sombra y, la mayoría de las veces, se hace recuerdo.

Una palabra para partir

Mario también se llamó Ulises pero a él nunca le gusto que le dijeran así. Decía que cada vez que lo hacían sentía unas ganas inmensas por marcharse a otro lugar.

Bi-Side Bar

Hablaban de amor en la cantina a la que solo iban gentes a punto de la muerte por tristeza o por felicidad:

Tú sabes cuál es cual; tú reconoces al definitivo porque más que el corazón, te parte la vida, dijo uno de los que pertenecía a la primera clasificación.

 

El escritor Jorge Nores.

El escritor Jorge Nores.

 

Autor: administrador

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