Ecos del Cervantino 2016: música y teatro

Recorrer 800 km para dos eventos

 

Por Raúl Olvera Mijares

 

Los Alpes en Guanajuato

Encaramarse a una altura de dos mil metros o más no es ninguna proeza en el pródigo suelo americano, en Europa sería viajar hacia regiones donde dejan de crecer los árboles y en el invierno hay nieve de continuo. El pueblo de Santa Rosa de Lima apenas figura en los mapas. Es un lugar que en una jornada nublada como aquélla se antoja de alta montaña. La comida y charla de sobremesa acerca del senderismo y los diversos recorridos a pie que era posible emprender desde aquel lugar, según Tomasella, dejó al menos en mí una grata y sugerente impresión. Jamás descarto la posibilidad de realizar alguna excursión en el futuro por las Dolomitas en el Tirol del Sur (la porción italiana) o, sin ir tan lejos, por los Altos prácticamente ignotos y reducidos de Guanajuato. Confieso la comprensible envidia hacia mi amigo italiano, quien tuvo oportunidad de oír varios de los conciertos, no todos desde luego, con el Cuarteto Emerson. Aquel templo churrigueresco, cuajado de láminas de oro, al parecer en hojas de 24 quilates, a pesar de la incomodidad de algunos de los asientos, es un escenario único y exótico (asentado sobre la Valenciana, una de las minas más antiguas del país) para oír una obra semejante. Me temo que tuve que conformarme con la versión integral de los cuartetos en Spotify, a decir verdad, sigo prefiriendo el Amadeus Quartett, el Quartetto Italiano o el Alban Berg Quartett (siento que hay cosas en la música que serán equivalentes pero, de ninguna manera, sobrepasan ciertos raseros históricos por desgracia irrepetibles). Los casi 800 kilómetros cubiertos por carretera desde el distante noreste mexicano se justifican con creces ante las bondades sin parangón que ofrece Guanajuato, enclavado en el corazón del Bajío, patria de mis mayores. Una ciudad, que en un día de lluvia y frío, se antoja infinita y maravillosa. No se cansa la vista de fatigar los muros, la textura de la piedra de los edificios que parece encenderse y cobrar vida con la última luz del crepúsculo. Pasos titubeantes recorren las callejas, se deslizan entre las paredes de los estrechos pasadizos, se extasían ante la apertura sin igual de una inesperada plazuela. Pensé en Diego Rivera, en José Chávez Morado, a causa de los colores y las imágenes, y en las atmósferas y las posibles historias, entre burlas y entre veras, de las obras de Jorge Ibargüengoitia.

En Santa Rosa es posible hallar cerámica, trabajada con más esmero y originalidad que en Dolores y, desde luego, dulces tradicionales mexicanos. Varios de mis compañeros se llevaron alguna pieza, algo costosa, pero que valía la pena. Yo me conformé con la buena plática y comprarme unas manzanas y unos higos del lugar, fruta que luego con tino me confesaría el amigo italiano es sólo buena para hacer dulces, no para comer fresca. Creo que tenía razón. A pesar de eso, no pude resistir la tentación de disfrutar de un postre saludable al término del almuerzo, el cual acompañamos con cerveza artesanal, una ale clara, procedente de la cervecería San Miguel, ubicada en el centro de México, cerca de la capital, no en el Bajío, como la marca me hizo pensar en un primer momento. Arcangelo Tomasella, traductor italiano, vive oscilando entre Guanajuato capital (los días hábiles) y San Miguel de Allende (los fines de semana), un pueblo donde se puede comer bien y disfrutar de encuentros inesperados que jamás dejan de asombrar.

Cervantes como pretexto

No sin ansia se fue el rato desde el almuerzo hasta la hora del concierto en el Teatro Juárez. Hubo tiempo para vagar por las calles, ver costosas artesanías y beberse un té verde en el Starbucks cerca del teatro. Jamás había oído una ópera y menos buffa de Antonio Salieri, un músico que, como tantos cinéfilos, conocía por la versión de Miloš Forman, quien en la cinta Amadeus (1984) trabajó sobre la pieza de teatro aderezada por el inglés de origen hebreo Peter Levin Schaffer, notorio desde Equus (1973). Se necesitaba un villano para la cinta y ése fue Antonio Salieri, envidioso del sin par genio de Mozart y probable envenenador del contrincante. Antonio Salieri, como ningún otro músico extranjero en la corte de José II de Habsburgo, absorbió el espíritu de Haydn. Con instrumentos de época, empezando por el clavecin, el clavecímbalo o cembalo en italiano, qué diferencia con los mamotretos modernos e imitaciones por un lado y por otro las antiguallas casi inservibles que es común encontrar en México, continuando con los instrumentos de cuerda con arcos barrocos reducidos y los de aliento (tanto maderas como metales), la inimitable sonoridad y color del ensamble de música conocido como Les Nouveaux Charactères, esos novedosos personajes en la escena, apenas fundado en 2006 en la ciudad de Lyon, gracias a la iniciativa de Caroline Mutel y Sébastien d’Hérin, el cual se ha ensayado ya con obras de Bach (los conciertos brandemburgueses aparecían en el programa del Cervantino, si bien en la ciudad de León), Henry Purcell, Claudio Monteverdi y Luigi Cherubini, sin descuidar a los franceses (Rameau, Leclaire, Colin de Blamont), obras tantas veces olvidadas y cubiertas por el polvo de los siglos, como Don Quisciotte alle nozze di Gamace, un divertimento teatral que parte de la inmortal novela de Cervantes y aquel episodio de las bodas de Camacho, las cuales se narran en el capítulo XX de la Segunda Parte. La figura del Quijote, como en otras óperas, ballets y hasta musicals, queda un tanto cuanto desfigurada, esa caricatura que los no hispanos alcanzan a ver. Poco importa, esa farsa y divertimento teatral que por los animados ritmos en un inicio debió incluir ciertas escenas de baile, tan del gusto de la ópera francesa, es de una vivacidad incomparable. Ni siquiera hay necesidad de seguir el cansado texto, con subtítulos luminosos arriba, la música, las armonías, los colores de los instrumentos van llevando al espectador. De una elegancia y una eficacia difícilmente alcanzables. En realidad, Salieri no tenía nada que envidiarle a Mozart y aun me atrevo a pensar que era más bien al contrario. La ópera de Salieri se estrenó en Viena en 1771 y tiene un personaje clave, una especie de ninfa, bruja o Nixe, que contiene en germen a la Königin in der Nacht, la reina de la noche, de la ópera Die Zauberflöte (1791) de Mozart, estrenada dos meses antes de perecer el inmortal compositor salzburgués. Confieso que vacilé ante escoger la ópera de Salieri y alguna de las dos series con sendos conciertos de Brandemburgo. Fue un acierto de Alfredo Faz Zapata, amigo de años y compañero habitual en mis viajes, sugerir que se compraran los billetes para esta ópera de cámara que tuvo lugar en Guanajuato, sin verse en la necesidad de viajar a León (las carreteras de esa parte del Bajío se vuelven un auténtico hervidero por aquellos días). No sé, tras los grupos alemanes y holandeses, además de Il Giardino Armonico por supuesto, qué cosa podría esperarse de una interpretación diversa y novedosa. El sonido del conjunto de cuerdas y alientos es sumamente refinado y todavía se halla en una etapa de aclimatación y ajuste. Ahí radica quizá lo fresco de la propuesta y el encanto. Verdadera orquesta de cámara y conjunto de solistas, estos personajes como quien dice recién llegados a la escena dejan un grato sabor de boca.

Un apoyo bastante decidido debió ofrecer España a través del Instituto Cervantes y la Embajada en México para esta edición del festival. Como ya se hizo hincapié, Cervantes con el personaje emblemático del Quijote es pretexto idóneo para una serie de obras de arte, tanto de propios como de extraños. Desde conferencias magistrales, donde el director del festival no dejó de pasar revista a cuatro siglos de pervivencia de la tradición cervantina incluso al interior de otras tradiciones (francesa, inglesa, alemana, italiana). El teatro, la música y la danza se han visto favorecidos con el tema. Se antoja fácil contraponer el idealismo de don Quijote al realismo de Sancho. El gracejo, de un criptojudío o más bien judío converso, como era el caso de Cervantes, sus críticas hacia la iglesia desde su declarado erasmismo, el lenguaje arcaico de los libros de caballerías son rasgos difícilmente trasladables a otras tradiciones europeas o americanas, por mencionar un par de pormenores, acaso los más baladíes. Tuve oportunidad también de estar presente en una representación en una plaza pública de “Los pensamientos secretos de Cervantes”, en el marco del proyecto Ruelas, el cual cobijaba otras tres puestas en escena de Luis Martín Solís, Raquel Araujo y Sara Pinedo. Juliana Faesler Bremer trabajó con actores oriundos de la comunidad de Puerto de Valle en Salamanca. Valiéndose de una serie de máscaras de animales, que entroncan más con la tradición precolombina que con Cervantes, la directora lleva a viejos y niños, señoras del pueblo de todas las edades en su gran mayoría, a expresar sus preocupaciones, sus deseos para el porvenir y sus quejas ante el presente desolador. La presentación de los actores aficionados es estrictamente voluntaria. El dinero del proyecto debe emplearse para que se sostengan los directores, el personal de apoyo y los jóvenes promotores. Transporte y acaso una modesta comida al final son la única recompensa material, desde luego, además de ventilar los problemas del pueblo, las quejas y todo lo demás. Un proyecto que, desde cierto punto de vista, es auténticamente popular y, desde otro, meramente populista. Lejos de pronunciarme por uno u otro canto, rescato la espontaneidad de los actores voluntarios. Más allá del título, que incluso enuncia uno de los personajes al principio de la obra, a manera de loa o prólogo, el nombre, los personajes y los sueños de Cervantes no vuelven a aparecer ni por asomo. ¿O será que los sueños secretos y estrictamente privados de Cervantes coinciden y se traslapan con los sueños de la gente de la comunidad de Puerto de Valle? Merced a las licencias y magia del teatro, todo es posible. La comunidad teatral, particularmente de la Ciudad de México, apoyó la iniciativa de esta notable escenógrafa e iluminadora. Había fotógrafos, dramaturgos y críticos de nota disimulados entre el público, a quien no pareció importunar demasiado el frío mordiente de esa tarde. Desde el Laboratorio de Teatro Campesino, ideado por Julieta Campos, este tipo de iniciativas en México cuenta con cierta tradición y prestigio a la hora de allegarse fondos públicos. Si con más apego a un texto o bien abierto a la improvisación y el inconsciente colectivo de un pueblo, es cosa que cada director de escena decidirá según sus capacidades, gustos y alcances.

La contemplación reservada a unos cuantos

Poco después del teatro campesino, la tarde del domingo, hubo que caminar hasta el Teatro Juárez para oír el concierto que me había espoleado a emprender el largo traslado desde el norte de México. Jamás había escuchado en vivo al tenor mexicano Francisco Araiza, radicado desde 1977 en Zúrich. Aún recuerdo la impresión que me hizo saber que un tenor mexicano había grabado la última versión de Herbert von Karajan de La flauta mágica (Deutsche Grammophon, 1980). Ese mismo año también se presentaría en el Festival de Salzburgo con El rapto en el serrallo de Mozart, bajo la batuta del legendario director austriaco Karl Böhm, justo poco tiempo antes de morir. Italienisches Liederbuch, el último ciclo de lieder que compusiera el atormentado músico austriaco Hugo Wolf, entre 1890 (el primer libro con 24 canciones) y 1896 (el segundo libro con 22 canciones), originalmente compuestas para soprano y barítono. Una grabación legendaria, disponible en Spotify, es la de Irmgard Seefried y Dietrich Fischer-Diskau con Erik Werba y Jörg Demus al piano (Deutsche Grammophon, reeditada el año de 1990). Wolf se detendría en 1891 y retomaría la labor 1895, debido a su obsesión con su última ópera Der Corregidor (con base en El sombrero de tres picos de Pedro de Alarcón). Wolf moriría víctima del último estadio de la sífilis, contraída a los 18 años, que acaba afectando el sistema nervioso central y el cerebro, naturalmente recluido en un manicomio, tras repetidas tentativas de suicidio. Su trabajo como compositor de lieder, además de sus sonatas para piano, serenata para cuerdas, cuarteto y otras obras, es notable. Procedió en su monumental obra de manera fundamental y paradigmática por ciclos de canciones, con base en grandes poetas (Mörike, von Eichendorff, Goethe, aunque también Heinrich Heine y Gottfried Keller). El ciclo anterior al Cancionero italiano es Spanisches Liederbuch, también realizado sobre textos que prepararan Paul Heyse y Emanuel Geibel. Paul Heyse, poeta berlinés, tradujo, recompuso y reordenó algunas poesías de un Cancionero italiano, con piezas del siglo XVIII y XIX. De ahí el carácter picante de algunos de los textos, concebidos como una suerte de requiebros, con preguntas y respuestas, a veces cortantes, otras veces que incitan (cosa importante en la versión al español que debía intentarse en parte como una re-traducción al italiano, no sólo conformarse con la fidelidad al texto alemán). Por el título y el carácter del Cervantino, quizá el Cancionero español hubiese resultado más adecuado, considerando además que encuentra inspiración en ciertos poemas del Siglo de Oro. Sin embargo, la última obra ejerce una atracción difícilmente resistible. Araiza eligió con acierto y también escogió bien a los otros solistas, la soprano croata Marija Vidović, con quien grabó un disco ya como director de orquesta, de título Anmut (2015), es decir ánimo. El tema del Cancionero italiano y la lozana y fuerte presencia de la cantante croata dejan traslucir algo más que una relación puramente profesional de maestro de canto y alumna.

Antes del recital tuvo lugar en un espacio ubicado en la planta alta, una charla introductoria que ofreciera José Octavio Sosa, vinculado a la Ópera de Bellas Artes, él mismo hijo de dos cantantes, un tenor y una soprano, en la cual se ventilaron aspectos diversos relacionados con la excentricidad y locura de Wolf y otros más relativos a la formación de Araiza en el Conservatorio de México, donde se enfatizó la principal influencia que ejerciera la desaparecida soprano Irma González, a quien se recuerda por su técnica de canto, la cual procuraba mantener la voz cerrada con un vibrato bajo control. Ante la vacilación dos veces consecutivas, alguien entre el público debió soplarle al conferencista que eran 46 canciones. Desde luego, es posible suponer que en el mismo conservatorio de música nacional otros maestros ejercieran cierta influencia y, más tarde, en Europa otros maestros vendrían a sumarse sin duda. El repertorio italiano y francés, centrado en el bel canto, que en aquella época era casi exclusivo del conservatorio nacional contrasta con las óperas de Mozart, los oratorios de Haydn y los ciclos de canciones de Schubert, obras por las que Araiza comenzó a devenir una leyenda en Europa. Además de los jefes (el galicismo es confeso) de orquesta mencionados, ha trabajado bajo la dirección de Carlos Kleiber, Nikolaus Harnoncourt, Christian Thielemann, Wolfgang Sawallisch Carlo Maria Giulini, Claudio Abbado, Riccardo Muti, Sir Colin Davis, Seiji Ozawa, Daniel Barenboim y James Levine.

Hugo Wolf en Italienisches Liederbuch no sólo cambió el orden de los poemas de Paul Heyse, quien a su vez eligió composiciones poéticas italianas de varios autores y épocas según su gusto personalísimo, sino que les asignó un nuevo orden que descansa como en otras obras de arquitectura musical notable y ejemplar (El clave bien temperado, El arte de la fuga, La ofrenda musical) en un sistema de progresión armónica tanto ascendente como descendente, al parecer, son las quintas justas y las terceras tanto mayores como menores los elementos que habría de tomar en consideración. El carácter mayor o menor de la tonalidad obedece a estrictos propósitos estéticos y expresivos que tienen que ver con el texto, si más heroico, más melancólico y meditativo, de enojo, de súplica, en fin. Algunos intérpretes se permiten no observar el orden original y, sobre todo, excluir algunas piezas, para volver la obra más breve y llevadera para el público. Araiza optó por un respeto absoluto hacia el original wolfiano. Una hazaña, no sólo en el mundo hispánico sino el germano, un gesto que no nos cansamos de destacar y saludar. Un verdadero regalo para los melómanos y los germanófilos en todo el mundo, amenizado por la singular actuación, perfectamente contenida y en pequeño, de los cantantes, alejándose de las fáciles y falsas exageraciones de desplazamientos escénicos redundantes (esas innecesarias y por suerte ausentes correderas sobre el escenario).

Es curioso, los eventos de música en el Cervantino, ambos de primer orden, a los que me tocó asistir, exhibían una serie de localidades vacías. ¿El público comprará boletos y al final no asistirá o serán más bien los invitados oficiales, desdeñosos de la gran cultura? Sea como fuere, es una verdadera lástima. Uno pregunta en la taquilla del Teatro Juárez por boletos y, si se trata de un evento principal, la respuesta casi sin defecto es que están agotados. No sé por qué no liberan ni siquiera en Ticketmaster algunas entradas a última hora. El público mexicano, fuera de los conocedores, no identifica a Francisco Araiza, uno de los tenores de mayor y probada musicalidad en la historia de México. Es natural, Araiza es tan hijo de México como de Herrliberg, la comunidad cercana a Zúrich donde ha transcurrido más de la mitad de su vida, eso cuando no se encuentra de gira, y justo donde interpretaría por primera vez, hace relativamente poco tiempo, esta obra de Wolf en compañía de la insuperable Marija Vidović, un verdadero regalo hacia el pueblo que fuera bien recibido por cierto. Es con toda certeza la primera vez que se canta en su integralidad este ciclo de canciones de Hugo Wolf (estreno en México). En realidad, cantar el ciclo completo ni siquiera es común en el mundo germanohablante. Se cantan algunas canciones pero no todas. La concepción operática, que recuerda y no poco a su admirado modelo y dechado, Richard Wagner, da lugar para, con la adición de ciertos gestos escénicos, una escenificación ligera y discreta. Hugo Wolf también era un encendido crítico de música, enconado contra las composiciones de Johannes Brahms y su escuela. Verdadero absurdo, tan decimonónico como alemán. No es fácil cambiar el poderoso y contrastante registro del barítono germano respecto de la soprano por el del tenor (y no un Peter Schreier sino precisamente Francisco Araiza, famoso por sus caracterizaciones de Tamino en Der Zauberflöte y Rodolfo en La bohème). Los matices en los pianísimos y los fortísimos de Araiza son impresionantes sin llegar a apabullar, incluso para un espectador algo distraído podrían pasar desapercibidos. Sin duda alguna, la interpretación de mayor interés que pude oír en el Cervantino, quizás superior incluso a la del Cuarteto Emerson. Se trata de una obra fresca y arriesgada. Ésa, entre otras, es la diferencia, además que es el esfuerzo de un mexicano, una croata y un ruso, Aleksandr Pashkov al piano, insuperable en esta interpretación. Otros cantantes que proceden de las lenguas romances, particularmente el francés y el italiano, no se cansan de intentar acometer el arduo género del lied alemán, difícil sobre todo porque dentro caben tantos matices distintos y contrastantes, desde Haydn, Mozart, Beethoven, pasando por Carl Maria von Weber, hasta Schubert, Schumann y Brahms, para rematar con Wagner, Mahler, Richard Strauss y Carl Loewe.

Una rápida y casi furtiva incursión en el Cervantino. Me hubiera agradado quedarme hasta el lunes en la tarde para el concierto del pianista andaluz Javier Perianes. Por desgracia, los compromisos nos reclamaban a todos en el norte. El último fin de semana, si mal no recuerdo, el Cervantino se vuelve un verdadero caos y pulular de gente. Prefiero pasear por las calles de Guanajuato a medianoche cuando baja el flujo humano. No soy un misántropo pero la ciudad se despierta entonces de su modorra con una viveza y frescura singulares. Cada elemento arquitectónico, por modesto que parezca, cobra vida propia, incluso las míseras casas en los cerros y los callejones algo descuidados y oscuros (Guanajuato es un estado de crudos contrastes). A veces émulo de Roma y otras de Toledo, Guanajuato es un lugar cuajado de encanto y de misterio, escenario inmejorable para uno de los festivales artísticos que, hoy por hoy, goza de gran prestigio en el mundo entero.

 

 

>Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y Liechtenstein. Autor de novelas, ensayos y textos breves. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Tierra Adentro, Milenio, Cuadrivio, Axiomathes de la Universidad de Trento, Anuario Filosófico de la Universidad de Navarra, La Siega de la Universidad de Barcelona, Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana, Luvina de la Universidad de Guadalajara, Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Puntos cardinales (Instituto Coahuilense de Cultura, 2003), Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) y Las influencias expuestas (Calygramma, 2013) se cuentan entre sus libros. En la actualidad se encuentra al frente de Lingua Franca, agencia de servicios lingüísticos y editoriales, especializada en la traducción de alemán, inglés, francés, italiano, polaco y portugués, así como la edición y revisión de textos en castellano.

Autor: administrador

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