Deseo oculto

Por Rodolfo Juárez Álvarez

 

La noche se inaugura con un paseo por lugares no planeados, con un deseo oculto de transitar las calles casi por inercia, casi por costumbre; se inaugura con un flash. Las manos son el instrumento, la cámara, el medio; la intención, captar en imágenes lo que mira el ojo: lo cotidiano, la construcción de la realidad.

La imagen es una construcción, una del ojo que la mira, que la capta, que la imprime en el pensamiento para devenir en un mosaico de colores, luego, palpables. Pocas nos transportan a lo cotidiano, al momento preciso en que se da un acontecimiento, entendido éste como la simbiosis tiempo y espacio: la noche, la obscuridad, la desnudez, la nada y el todo, en resumen, lo preciso.

Dotada de esta capacidad, así es la fotografía de Jesús, una perfecta instantánea de la imperfección, de lo simple, de lo constante, de lo diario, del deseo, de lo efímero, de lo desconocido que al final se revela; magia para quien la mira, morbo legítimo para quien la encierra en el recuerdo, juego de sombras, luces, cuerpos, sensualidad.

Las horas pasan en la nocturna ciudad, en sus recovecos, en la serie de fotos que llenan una memoria diminuta, en las manos de Jesús que se adhieren a la cámara mimetizándose. El momento siempre será el pretexto. La noche habla a través de sus instantes, en cada giro de las manecillas del reloj que componen sombras, recuerdos, poemas, vivencias y palabras en imágenes, porque al final, ahí en el tiempo, la noche, siempre será explícita, explícita para el ojo y la cámara de Jesús.

 

 

 

Autor: administrador

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