Aute, el animal y la belleza

Por Jorge Alonso Espíritu

 

En agosto pasado, el músico español Luis Eduardo Aute fue noticia después de haber sufrido un infarto que lo mantuvo en coma durante algunas semanas. Después de cumplir 73 años mientras permanecía hospitalizado, recibió el alta hace unos días para continuar su recuperación en una clínica especializada. Quienes seguimos su carrera celebramos la noticia, pero ante todo agradecemos la lucidez de su trabajo artístico multidisciplinario: una obra que en su conjunto reivindica la búsqueda de la belleza como una respuesta a la barbarie.

En el año 2012, para celebrar el día de la lengua española, el Instituto Cervantes preguntó a personas del medio cultural cuál era su palabra favorita. Luis Eduardo escogió “Animal”, y a través de ese concepto podemos aproximarnos a su trabajo. Admirador del arte antes que artista, seguidor del surrealismo sin declararse surrealista, Aute mira en los ojos del animal mítico, simbólico, que cuestiona al ser humano sobre su sino.

Así lo hace en su cinta Un perro llamado dolor, donde de forma artesanal, paciente, casi religiosa, construye una narrativa contemplativa, irónica y oscura sobre el trabajo del artista y su relación con el dolor. A lo largo del metraje, un perro observa y actúa ante las herramientas de los admirados por Aute: Goya, Frida, Dalí, Lorca, Picasso, Orson Welles, entre otros, en un juego de seducción hecho con lápiz de grafito, el elemento más sencillo en cuanto a costo, a contracorriente de las grandes producciones que dominan la cinematografía. El resultado es una insólita unión narrativa de más de 5 mil dibujos realizados con la mayor de las calmas, y el mayor de los cuidados, durante cinco años de trabajo.

La película, elogiada por personajes tan disimiles como el escritor Ernesto Sabato, el músico José María Vitier, el artista plástico Guillermo Paneque, o el cineasta Arturo Ripstein, no puede comprenderse como un capricho del autor, sino como la continuación de un proyecto artístico que abarca la plástica, la literatura y la música, a pesar de ser a menudo opacado por la sombra del éxito de algunos cuantos hits –necesarios- que lo han hecho medianamente conocido: Rosas en el mar, Al alba, o la melosa Sin tu latido, presente en todos los repertorios de los músicos de café.

Pero Aute no reniega de sus singles, ni de sus desaciertos y contradicciones. Se hace cargo de ellos como parte de una vida, la suya, que evoluciona, pero mira hacia atrás de forma benévola. Sus conciertos suelen ser largos y privilegian la escucha a la emoción: pone por delante las canciones más recientes, casi desconocidas, para después permitir la nostalgia de sus seguidores.

Identificado a menudo con el movimiento de los trovadores más políticos, Aute vivió la caída del socialismo europeo en lo que algunos llamaron “el fin de la historia”. La canción que resultó de este intenso episodio de desencanto es una de sus más famosas: La belleza, una pieza al mismo tiempo pesimista, sarcástica y decidida:

Y ahora que se cae el muro
ya no somos tan iguales,
tanto vendes, tanto vales,
¡viva la revolución!
 

Después de ello, la poética de Luis Eduardo puede leerse como la exploración de una respuesta ante esa desilusión. La belleza parece ser la solución del artista, pero la escucha atenta conduce a una conclusión: no es la belleza per se, sino la búsqueda de ella la que salva de la barbarie. Una barbarie que nos supera, pero a la que le hace frente –sí, la imagen del Quijote-. “No hay manera de que pierda la mierda”, canta en una de sus últimas grabaciones.

Envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, dice aquel verso de Jaime Gil de Biedma que en el lejano 1975 servía de epígrafe a su primer libro de poesía: La matemática del espejo. A la muerte como motivo del arte ha regresado una y otra vez, cada vez con mayor solemnidad, no como quien teme a morir sino como quien entiende y respeta la naturaleza animal del ser humano. Su poesía Volver al agua, del 2006, remite a Tales de Mileto (o a Heráclito), abarca su obra poética y abraza aquellos primeros versos del libro primero:

me apresura la inaplazable sed
de volver al agua,
al origen del mismo donde se fraguara
el hierro de la vida…

Esos versos, musicalizados en 2010 funcionan junto a El canto de las sirenas (referencia obvia al Ulises de Homero) como un epílogo de su disco Intemperie, la mirada retrospectiva de un artista maduro, que mira hacia lo que había creído, lo que ha intentado y con serenidad, pero con rabia, queda en paz con un mundo contradictorio, injusto, que se nos va de las manos.

Tal serenidad al mirar atrás es una constante en el trabajo reciente del nacido en Filipinas. Lo mismo en su literatura que en su cine y por supuesto, en la música. La revisión de 100 de sus canciones en la trilogía Auterretratos, o sus libros de obra reunida dan fe de ello. Pero son los tres últimos álbumes inéditos, A día de hoy, Intemperie y El niño que miraba el mar, los que, lo siento, funcionan como el cierre de una carrera prolífica y coherente. Las canciones contenidas hablan de la vida que se agota, de manera que la muerte deja de ser sorpresiva.

Aute sabe que el final está cerca  y lo acepta de la misma forma que afronta estar vivo: con poesía. «Lo único que nos puede rescatar de esta catástrofe es el amor y la capacidad de seguir soñando”, dijo en una entrevista. Y mientras esté vivo, Aute seguirá soñando y demostrando que sigue siendo posible buscar y hallar la belleza.

 

 

>Jorge Alonso Espiritu. Estudió la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la UNAM, y se tituló con la crónica “Cada ciudad es un cuerpo: crónica de un viaje a Medellín”, donde recoge su experiencia como becario en Colombia. Originario de la ciudad de Puebla, radica en la Ciudad de México. Como reportero independiente ha publicado notas, crónicas, entrevistas, reseñas y relatos sobre la ciudad, sus personajes y dinámicas en diversos medios de comunicación. Actualmente labora como monitor y profesor en escuelas del Distrito Federal.

Autor: administrador

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