Algún día escribiré sobre África

 

 

Binyavanga Wainaina*

 

Es el recreo y hace frío. Julio. Estoy junto a la nueva estación meteorológica de la escuela contemplando conos de aluminio que flotan en el viento, cuando veo que mi padre avanza hacia mí.

Corro hacia él y salto. ¡Ayyy! «Tienes huesos duros», dice. Sus manos fuertes contra mis axilas y la nariz me quema por el aire frío mientras me columpio como esos conos.

No es mi cumpleaños. ¿Por qué está aquí?

—Ve a llamar a tu hermana.

Ciru viene. Jimmy ya está en el coche.

—Tienen una hermanita nueva. En el hospital War Memorial.

Chiqy, mi nueva hermana, es igual que yo cuando era bebé, según dice mamá.

Estoy entusiasmado.

Binyavanga Wainaina (Nakuru, 1971). Foto: Sexto Piso.

Binyavanga Wainaina (Nakuru, 1971). Foto: Sexto Piso.

Como también es la segunda hija, llevará un nombre de pila de origen bufumbira, como yo, Binyavanga. En mi certificado de nacimiento, yo soy Kenneth Binyavanga Wainaina. Ella se llama Kamanzi, Melissa Kamanzi Wainaina. La apodamos Chiqy. En nuestra familia, como en casi todas las familias gikuyus, el primer niño y la primera niña reciben el nombre de sus abuelos por parte paterna, mientras que el segundo niño y la segunda niña lo reciben de sus abuelos por parte materna. Jimmy se llama James Muigai Wainaina. Ciru se llama June Wanjiru Wainaina en honor a la madre de mi padre, Wanjiru. Yo soy Binyavanga por la madre de mi padre y sucesivamente. Y así Binyavanga se ha convertido en un nombre gikuyu.

Estamos mezclados y tenemos formas mezcladas de nombrar: la forma anglocolonial, la antigua forma gikuyu y los distantes nombres de la tierra de mi madre, un lugar que desconocemos. Cuando las hermanas y los hermanos de mi padre fueron por primera vez a los colegios de la colonia, tuvieron que inventarse un apellido. También tuvieron que adoptar un nombre occidental para demostrar que eran buenos cristianos. Como apellido, usaron el nombre de mi abuelo, Wainaina.

Baba dice que antaño todo el mundo tenía muchos nombres, por muchos motivos, uno sólo para los amigos de tu edad, uno como hijo de tu madre y uno nuevo cuando te convertías en hombre. Hoy en día, generalmente, tu nombre es el nombre que figura en tu certificado de nacimiento.

 

Tenemos miedo de estar dentro de la casa. Informes fuerzas en acordeón han atacado el universo. Kenyatta, el padre de Kenia, ha muerto. Mamá está siempre cansada y siempre hablando con nuestra hermanita.

El mes pasado murió el Papa y este mes ha muerto el Papa nuevo, el Papa sonriente. Hoy, durante todo el día, la televisión ha pasado viejas y granuladas películas de bailarines tradicionales gikuyus que cantaban a Kenyatta. Un hombre y una mujer ejecutaron un vals gikuyu y, mientras bailaban, otro hombre sacaba sonidos informes de un acordeón. Kenyatta, grande y peludo, permanecía sentado en un podio. El duelo por Kenyatta parece ser eterno. No hay colegio.

Georgie y Antonina son nuestros nuevos vecinos. Nos gusta colarnos por el seto y entrar en su jardín. Mil metros cuadrados de maíz maduro llenan la parte trasera de su jardín.

Una tarde más cálida de lo normal, durante aquellas vacaciones interminables, jugamos bajo un sol tórrido y firme y corrimos como locos pero inseguros, porque las hojas secas se rompían bajo nuestros pies. En un nido abandonado hay hierba y plumas suaves que huelen bien, a descomposición y a plumas. Encontramos madrigueras de ratas y guaridas de cachorros de perro mientras corremos con nuestros escarabajos cometa, amarillos y marrones. Atamos las patas de los escarabajos con cordel y dejamos que vuelen a nuestra espalda.

Un sudor de almíbar caliente me cae en los ojos y escuece. Yo me pierdo en este mundo de color trigo, de hojas que se agitan y pies descalzos que se hunden en la tierra.

Nos olvidamos de volver a tiempo y, justo cuando nos colamos por el agujero del seto, aparece mamá con el bebé Chiqy y un cinturón en la mano. Chiqy está llorando. La cara de mamá es sepulcral y silenciosa. Nunca habla cuando se enfada.

En la esquina del seto hay un tronco seco de un viejo eucalipto y un coche abandonado que mutilamos todos los días. Mientras seguimos a mamá, rogándole, me detengo un momento para ejecutar el ritual de este lugar. Cada vez que golpeamos el tronco, salen ríos de hormigas. No se detienen. A veces son tantas que se nos suben por la ropa. Golpeas y golpeas y siguen saliendo del tronco. Se ajustan a una forma de comportamiento que yo desconozco, pero mantienen un ritmo y un tempo perfecto. Golpeas y salen. Escondidos en la seguridad de los troncos hay ríos interminables de hormigas que no hablan tu idioma y que no se organizan como te han enseñado a ti.

Está oscuro y no sé dónde se han metido Ciru y Jimmy. Cuando las sombras de la tarde atacan, yo toco la puerta de mamá. No me abre. Camino hasta la sala, frotando la espalda contra la pared todo el recorrido para sentir el mundo.

Tengo hambre, pero no quiero ir a la cocina. En la sala está el retrato gigante de Kenyatta. Sus ojos te observan, rojos y reales. Enciendo la televisión. Dibujos animados. Llamo a Jimmy y a Ciru en voz alta para que vengan conmigo. No vienen. Los oigo jugar afuera. Me siento en el enorme sofá de terciopelo verde.

Cada día, todos los días, vemos al Kenyatta muerto yaciente en televisión. La gente se acerca a ver su cadáver. Su cadáver es de color gris.

Quiero estallar como las salchichas de cerdo Uplands en la sartén.

La punta de la cola me duele, se hincha y cosquillea contra mis pantalones. Las trompetas de jazz rompen la presión y un calor maravilloso empapa mis calzones, me baja por la pierna y cae en el mullido sofá verde, bajo mi culo, con un flujo suave y continuo de sonido y líquido.

Corro a buscar a Ciru y a Jim antes de que mamá descubra lo que he hecho. Con los ojos cerrados cruzo la sala.

Mamá nos prepara la cena y eso me gusta. El bebé Chiqy está durmiendo. Luego, mamá se va a amamantar a Chiqy, y Baba no ha vuelto todavía. Si las tripas de cabra pudieran cantar, sonarían así, tripas cociéndose y cantando en televisión, cantando para Kenyatta. Jimmy está en su habitación, oyendo el Top of the Pops en la BBC Radio. Está en su onda y eso significa que no quiere saber nada de nosotros. Ciru y yo saltamos en los sofás, intentando llenar el extraño silencio con acción.

Un viejo sonríe en la pantalla en blanco y negro. Su barba se mueve. Sus dientes brillan. Golpea la cuerda de un arco de madera con un palo, tripas y ejotes cociéndose y extendiéndose por la casa en un día cálido. En la boca, atravesada, llevo mi brillante armónica amarilla que tiene forma de mazorca de maíz. Hablo con voz amortiguada, dejando que los sonidos de mis palabras salgan por la armónica. La música suena como… como caos.

Voz de la televisión: «Esta delegación de la provincia de Nyanza está tocando un nyatiti. Han venido a cantar para el difunto presidente Kenyatta. El nyatiti es un instrumento musical tradicional de los luos».

Matiti. Ciru ríe. Yo río. Titi. Tetas.

A veces nos gusta jugar a los masais. Eso significa que nos quitamos la ropa, estiramos el cuello y hacemos sonidos guturales. Nos movemos cada vez más deprisa, creando una anarquía perfecta con nuestros cuerpos. Nos convertimos rápidamente en fieras fuera del tiempo, empujadas por el mareo y la adrenalina, sin pensamientos ni planes ni ideas, sin pasado y sin normas de comportamiento.

La portada del libro. Foto: Sexto Piso.

La portada del libro. Foto: Sexto Piso.

El viejo tiene una corona de piel de colobo. Hace sonidos ventrales, sonidos temblorosos e informes. Frota el palo arriba y abajo, arriba y abajo, contra la cuerda. La estela de cada movimiento hacia arriba acordonea peligrosamente contra mi pecho. Ruedo por la alfombra, sobre mi estómago, y pego los ojos a la pantalla. Ya lo he hecho antes. Si estoy cerca de la pantalla, mi miedo desaparece. Está claro que sus caras pertenecen totalmente a la pantalla de televisión: se han roto en miles de puntos pequeños; la televisión ha contado todas las piezas que las hacen ser y ya no tienen misterio. Pero, cuando me alejo de la pantalla, los sonidos informes del hombre me vuelven a agarrar.

Ciru y yo saltamos sobre los muelles del sofá, riendo y señalando al hombre. Acelerados, no podemos dejar de reír. Nos abrazamos, rodamos, Ciru y yo, riendo. Nos duele el estómago. Yo me tumbo y, al mirar el techo, vacío y blanco, mi estómago se asienta y puedo oír que el nyatiti se apaga.

En mi boca está la sonrisa de plástico amarillo de la armónica de juguete con forma de mazorca: firme, hecha de plástico de importación, fabricada en Taiwan, segura y con descripción en inglés, una armónica yanquisonrisa que hace un sonido distinto por cada agujero. En el colegio nos han enseñado que toda la música procede de ocho sonidos: do, re, mi, fa, sol, la, si y do. Pero lo que esa gente canta y toca no encaja en esos sonidos. Galimatías. Kenyatta está muerto. Esos ojos rojos de soplete en el salón, cantando juntos todos esos sonidos harambí de gente con los muchos ropajes de Kenia; cantando y bailando sin formar coro; muchos sonidos, idiomas, estilos, costumbres y expresiones que no guardan relación alguna.

No tienen nada que ver los unos con los otros.

Ki-may.

Ésa es mi palabra nueva, mi secreto. Ki. Maay. Suelto la mandíbula con la segunda sílaba, como un hombre de dibujos animados con una caja registradora por mandíbula. Ki-maaay. Aparece en los momentos más inesperados. La certeza pierde su columna vertebral y se abre como un acordeón. Mi mandíbula se mueve de lado a lado, como una armónica. Cuando la palabra cobra vida, kima-aay, crea su propia realidad. Yo froto la palabra contra el paladar con caballones como las costillas de algún instrumento musical. Sacudo la mandíbula de lado a lado y dejo que las pequeñas canicas de gárgaras salgan de mi pecho y de mi garganta hasta que las olas de gárgaras rompen en mi lengua y adquieren la forma de la palabra, kiimaayyy

Kimay es la trompeta solista de jazz: sonidos torcidos y desdeñosos, chirridos y notas, transpiración pesada y enormes mejillas hinchadas, sudorosas y ardientes. Querer decir algo y, al final, no decir nada. El dubitativo e inarticulado clarinete. Las gárgaras de las mujeres gikuyus, bailando un ceilidh escocés al son de un acordeonista que lleva un sombrero con una pluma. Un hombre de neón llamado Jimmy, que tiene una guitarra estruendosa y un peinado afro gigante. Las ululantes mujeres gikuyus, gritando alrededor del cadáver de Kenyatta en la televisión. Los guturales hombres masais, saltando arriba y abajo. Los hombres luos con sus plumas y barbas a lo Kenyatta, nyatitiando. Los hombres del Congo cantando como mujeres.

Yo sé hablar inglés. Yo sé hablar suajili. Kimay es cualquiera de los idiomas que no sé hablar pero todos los días escucho en Nakuru: kikuyu, kikamba, kiganda, kisii, gujatari, kinyarwanda, (ki)rufumbira, kimay. Hay tantos que me marean. Kimay es el acordeón, el violín, la gaita, la trompeta. Todos esos sonidos esponjosos.

Me dan miedo los toboganes y las gaitas, los columpios y el mareo, Idi Amin y los bailarines tradicionales que hacen gárgaras en la televisión alrededor del presidente muerto. Lo que más miedo me da son los acordeones.

 

*Adelanto del libro Algún día escribiré sobre África, de Binyavanga Wainaina (Sexto Piso, 2013). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

 

Autor: administrador

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